Se está en el mundo para obedecer y callar.
Contar céntimo a céntimo. Durante ocho horas de trabajo, se cuenta céntimo a céntimo. ¿Cuántos céntimos supondrán estas piezas? ¿Qué he ganado en esta hora? ¿Y la hora siguiente? Al salir de la fábrica, se sigue contando céntimo a céntimo. Se tiene tal necesidad de distensión, que todas las tiendas atraen. ¿Puedo tomar un café? Pero eso cuesta cincuenta céntimos. Me tomé uno ayer. Me queda tanto para estos quince días. ¿Y esas cerezas? Cuestan tantos céntimos. Se hace la compra: ¿cuánto cuestan aquí las patatas? Doscientos metros más allá cuestan diez céntimos menos. Hay que imponer esos doscientos metros a un cuerpo que se niego a caminar. Los céntimos se convierten en una obsesión. Debido a ellos, nunca se puede olvidar la coacción de la fábrica. Jamás se descansa. O, si se hace una locura, locura a la escala de unos francos, se pasará hambre. No hay que dejarse atrapar en ese círculo. Lleva al agotamiento, a la enfermedad, a la muerte. Pues cuando no se puede producir con bastante rapidez, no se tiene ya derecho a vivir. ¿No vemos a hombres de cuarenta años rechazados en todas partes, en todas las oficinas de contratación, sean cuales sean sus certificados? A los cuarenta años se le considera a uno incapaz. Desdicha de los incapaces.
¡Cuidado, que el exceso de cansancio no impida dormir! Al día siguiente habrá que esforzarse todavía un poco más.
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