lunes, 12 de octubre de 2009

LA HUELGA

Simone Weil


¡Al fin se respira! Es la huelga de los metalúrgicos. El público que ve todo esto desde lejos no lo comprende. ¿Qué es? ¿Un movimiento revolucionario? Sin embargo, todo está tranquilo. ¿Un movimiento reivindicativo? Pero ¿por qué tan profundo, tan general, tan fuerte y tan súbito?

Cuando se tienen ciertas imágenes clavadas en la mente, en el corazón, en la propia carne, se comprende. Se comprende inmediatamente. No tengo más que dejar afluir los recuerdos.





Un taller, algún lugar del suburbio, un día de primavera, durante esos primeros calores tan abrumadores para quienes se esfuerzan. El aire está cargado de olores de pinturas y barnices. Es mi primer día en esta fábrica. El día anterior me pareció acogedora: al final de todo un día recorriendo las calles, presentando certificados inútiles, finalmente esa oficina de contratación tuvo a bien escogerme.



 ¿Cómo defenderse, en el primer instante, tengo una sensación de agradecimiento? Estoy en una máquina. Contar cincuenta piezas... colocarlas una a una sobre la máquina, de un lado, no del otro... manejar cada vez una palanca... quitar la pieza... poner otra... otra más... contar más... No voy bastante rápido. La fatiga ya se deja sentir. Hay que hacer un esfuerzo, impedir que un instante de respiro separe un movimiento del movimiento siguiente. ¡Más rápido, aún más rápido! ¡Vamos! He puesto una pieza en el lado equivocado. ¿Quién sabe si es la primera? Hay que prestar atención. Esta pieza está bien colocada. Aquella también. ¿Cuántas he hecho en los últimos diez minutos? No voy bastante rápido. Me esfuerzo más. Poco a poco, la monotonía de la tarea me lleva a soñar. Durante unos instantes, pienso en muchas cosas. Despertar brusco: ¿cuántas he hecho? No deben de ser bastantes. No soñar. Esforzarse más. ¡Si al menos supiera cómo hay que hacerlo! Miro a mi alrededor. Nadie levanta nunca la cabeza. Nadie sonríe. Nadie dice una palabra. ¡Qué solo se está! Hago 400 piezas por hora. ¿Será bastante? Con tal de que mantenga esta cadencia, al menos... El timbre de mediodía, por fin. Todo el mundo se precipita al reloj de control de entrada y salida, al vestuario, fuera de la fábrica. Hay que ir a comer. Todavía tengo algo de dinero, afortunadamente. Pero hay que estar atento. ¿Quién sabe si se quedarán conmigo aquí? ¿Si no estaré en paro todavía durante días y días? Hay que ir a unos de esos restaurantes sórdidos que rodean las fábricas. Son caros, por otra parte. Algunos platos parecen muy tentadores, pero hay que escoger otro, más baratos. También comer es un esfuerzo. Esta comida no es un alivio. ¿Qué hora es? Quedan unos momentos para vaguear. Pero sin alejarse demasiado: fichar con un munuto de retraso es trabajar una hora sin salario. El tiempo avanza. Hay que entrar. Ahí está mi máquina; mis piezas. Hay que comenzar de nuevo. Ir rápido... Me siento desfallecer de fatiga y de hastío. ¿Qué hora es? Todavía faltan dos horas para salir. ¿Cómo podré soportarlo? Se acerca el encargado. "¿Cuántas ha hecho? ¿400 a la hora? Hay que hacer 800. Si no, no la cogeré. Si a partir de ahora hace 800, tal vez acepte que se quede". Habla sin elevar la voz. ¿Por qué habría de elevarla cuando con una palabra puede provocar tanta angustia? ¿Qué responder? "Lo intentaré". Esforzarse. Esforzarse un poco más. Vencer a cada segundo esa sensación desagradable, ese hastío que paraliza. Más rápido. Se trata de doblar la cadencia. ¿Cuántas he hecho al cabo de una hora? 600. Más rápido. ¿Cuántas al cabo de esta última hora? 650. El timbre. Fichar, vestirse, salir de la fábrica, el cuerpo vacío de toda energía vital, el espíritu vacío de pensamiento, el corazón sumido en la repugnancia, en rabia muda, y, por encima de todo, un sentimiento de impotencia y sumisión. La única esperanza para el día siguiente es que se me permita pasar otra jornada semejante. En cuanto a los días que vendrán después, están demasiado lejos. La imaginación se niega a recorrer un número tan gran de minutos sombríos.






Al día siguiente, se me permite volver a mi máquina, aunque el día anterior no haya hecho las 800 piezas exigidas. Pero habrá que hacerlas esta mañana. Más rápido. Aquí está el encargado. ¿Qué me dirá? "Pare". Paro. ¿Qué querrá de mí? ¿Despedirme? Espero una orden. En lugar de una orden, llega una seca reprimenda, siempre en el mismo tono imperioso. "Cuando se le diga que se pare, tiene que levantarse para ir a otra máquina. No hay que dormirse aquí". ¿Qué hacer? Me callo. Obedecer inmediatamente. Ir inmediatamente a la máquina que se me designa. Ejecutar dócilmente los gestos que se me indican. Ningún movimiento de impaciencia: todo movimiento de impaciencia se traduce en lentitud o torpeza. La irritación es buena para los que mandan, está prohibida a los que obedecen. Una pieza. Una pieza más. ¿Hago suficientes? Rápido. He hecho mal una pieza. ¡Atención! Voy más despacio. Rápido. Más rápido...

II PARTE:
Distensión completa. No se tiene esa energía ferozmente tensa, esa resolución mezclada con angustia tan a menudo observada durante las huelga. Hay resolución, por supuesto, pero sin angustia. Se está feliz. Se canta, pero no La Internacional, sino la Joven Guardia; se cantan canciones, simplemente, y eso está muy bien. Algunos hacen bromas, de las que se ríe por el placer de oírse reír. No hay mala intención. Por supuesto, se es feliz por hacer sentir a los jefes que ya no son los más fuertes. Les toca a ellos. Eso les hace bien. Pero no se es cruel. Se está demasiado contento. Se está seguro de que los patronos cederán. Se cree que habrá un nuevo golpe duro al cabo de algunos meses, pero se está preparado. Se dice que si ciertos patronos cierran sus fábricas, el Estado las reabrirá. No se pregunta ni por un instante si podrá hacerlas funcionar en las condiciones deseadas. Para todo francés, el Estado es una fuente de riqueza inagotable.




La idea de negociar con los patronos, de lograr compromisos, no se le ocurre a nadie. Se quiere conseguir lo que se pide. Se quiere conseguir porque las cosas que se pide, se desean, pero sobre todo porque después de haber estado tanto tiempo sometidos, para una vez que se levanta la cabeza, no se quiere ceder. Nadie quiere dejarse aplastar, o ser tomado por imbécil. Después de haber ejecutado pasivamente tantas y tantas órdenes, es muy bueno poder por fin darlas por una vez a aquellos de los que se recibían. Pero lo mejor de todo es sentirse hermanos hasta tal punto...

Y las reivindaciones, ¿qué pensar de ellas? En primer lugar, hay que señalar un hecho muy comprensible, pero muy grave. Los obreros hacen la huelga, pero dejan a los militantes el cuidado de estudiar los detalles de las reivindicaciones. El hábito de la pasividad contraído cotidianamente durante años y años no se pierde en unos días, ni siquiera en unos días tan hermosos.

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