EVASION DE LA ESCLAVITUD. LOS BUENOS PATRONOS
Y además, no es en el momento en que uno se ha evadido por unos días de la esclavitud cuando se puede encontrar en uno mismo el valor de estudiar las condiciones de la coacción bajo la que se ha estado doblegado día tras día, bajo la que se seguirá doblegando. No se puede pensar en eso todo el tiempo. Hay límites en las fuerzas humanas. Uno se contenta con gozar, plenamente, sin pensar en nada más, del sentimiento de que por fin se cuenta para algo; que se va a sufrir menos; que se tendrán vacaciones pagadas -ésta, se dice con los ojos brillantes, es una reivindicación que no se arrancará ya del corazón de la clase obrera-, que se tendrán mejores salarios y algo que decir en la fábrica, y que todo esto no se habrá simplemente obtenido, sino impuesto. Por una vez, uno se deja mecer por esos dulces pensamientos; no se consideran más de cerca.
ahora bien, este movimiento plantea graves problemas. El problema central, en mi opinión, es la relación entre los problemas materiales y los problemas morales. Hay que mirar las cosas de frente. ¿Es que los salarios reclamados superan las posibilidades de las empresas en el marco del régimen? Y si es así ¿qué hay que pensar de ello? No se trata simplemente de la metalurgia, ya que con todo derecho el movimiento reivindactivo se ha hecho general. ¿Entonces? ¿Asistiremos a una nacionalización progresiva de la economía bajo el impulso de las reivindicaciones obreras, a una evolución hacia la economía de Esta y el poder totalitario? ¿O a un recrudecimiento del desempleo? ¿O a un retroceso de los obreros, obligados a bajar la cabeza una vez más bajo la coacción de las necesidades económicas? En todos estos casos, este hermoso movimiento tendría un triste final.
Yo percibo, para mí, otra posibilidad. A decir verdad, es delicado hablar de ello públicamente en semejante momento. En pleno movimiento reivindicativo, difícilmente se atreve uno a sugerir que se limiten voluntariamente las reivindicaciones. Mala cosa. Cada cual debe asumir sus responsabilidades. Yo pienso, para mí, que el momento sería favorable, si se lo supiera utilizar, para constituir el primer embrión de un control obrero.
Los patronos no pueden conceder satisfacciones ilimitadas, se entiende; que al menos no sean ya los único jueces de lo que pueden o dicen poder. Que en todas partes donde los patronos invoquen como motivo de resistencia la necesidad de equilibrar el presupuesto, los obreros establezcan una comisión de control de cuentas constituida por algunos de ellos, un representante del sindicato, un técnico miembro de una organización obrera. ¿Por qué, allá donde la distancia entre las reivindicaciones obreras y las ofertas de la patronal es grande, no se aceptaría reducir considerablemente las pretensiones hasta que la situación de la empresa mejorara y bajo la condición de un control sindical permanente? ¿Por quá incluso no prever en el contrato colectivo, para las empresas que estén al borde de la quiebra, una posible derogación de las cláusulas que se refieren a los salarios, bajo la misma condición? Habría entonces al fin y por primera vez, a continuación de un movimiento obrero, una transformación duradera en la relación de fuerzas. Vale la pena que los militantes responsables reflexionen seriamente sobre este punto.
Otro problema, que concierne más particularmente al infierno de la mecánica, debe también considerarse. Es la repercusión de las nuevas condiciones salariales sobre la vida cotidiana del taller. En primer lugar, la desigualdad entre las categorias ¿se mantendrá íntegramente o disminuirá? Sería deplorable mantenerla. Anularla sería un alivio, un progreso prodigioso en cuanto a la mejora de relaciones entre los obreros. Si uno se siente solo en una fábrica, y es normal que uno se sienta allí muy solo, es en gran parte a causa del obstáculo que para las relaciones de compañerismo suponen estas pequeñas desigualdades, grandes por relación a esos escuálidos salarios. Aquel que gana un poco menos envidia al que gana un poco más. El que gana algo más desprecia al que gana algo menos. Es así. No es así para todos, pero es así para muchos. Sin duda, todavía no se puede establecer la igualdad, pero al menos se pueden disminuir considerablemente las diferencias. Hay que hacerlo. Pero esto es lo que me parece más grave: habrá, para cada categoría, un salario mínimo. Pero se mantiene el trabajo a destajo. ¿Qué sucederá entonces en caso de los bons coulés, es decir, en el caso en que el salario calculado en función de las piezas realizadas sea inferior al salario mínimo? El patrón abonará la diferencia, por supuesto. La fatiga, la falta de vivacidad, la mala suerte de que lo que hagas sea considerado "mal trabajo" o de trabajar en una máquina estropeada no serán ya castigada automáticamente mediante una bajada casi ilimitada de salarios. No se verá ya a una obrera ganar doce francos en una jornada porque haya tenido que esperar cuatro o cinco horas a que se termine de arreglar su máquina. Muy bien. Pero es de temer entonces que ese injusto castigo de un salario irrisorio sea sustituido por un castigo más despiadado, el despido. El jefe sabrá a qué obreros ha debido aumentar el salario para observar la cláusula del contrato, sabrá qué obreros han quedado con más frecuencia por debajo del mínimo.
¿Se le podrá impedir que se les ponga en la calle por rendimiento insuficiente? ¿Pueden extenderse hasta ahí los poderes del delegado de taller? Esto me parece casi imposible, sean cuales sean las cláusulas del contrato colectivo. Desde ese momento, es de temer que a la mejora de los salarios corresponda una nueva agravación de las condiciones morales del trabajo, un terror aumentado en la vida cotidiana del taller, una agravación de esta cadencia de trabajo que ya rompe el cuerpo, el corazón y el pensamiento. Una ley implacable, desde hace veinte años, para hacer que todo ayude a la agravación de la cadencia.
Siento terminar con una nota triste. Estos días, los militantes tienen una terrible responsabilidad. Nadie sabe cómo irán las cosas. Son de temer varias catástrofes. Pero ningún temor borra la alegría de ver levantar la cabeza a aquellos que siempre, por definición, la inclinan. No tienen, por más que se suponga desde fuera, esperanzas ilimitadas. Ni siquiera sería exacto hablar en general de esperanza. Saben bien qe a pesar de las mejoras conquistadas, el peso de la opresión social, alejado por un instante, recaerá sobre ellos. Saben que se van a encontrar bajo una dominación dura, seca y sin miramientos. Pero lo que es ilinitado es la felicidad presente. Está al fin afirmados. Al fin han hecho sentir a sus amos que existen. Someterse a la fuerza es duro; dejar creer que uno quiere someterse, es demasiado. Hoy nadie puede ignorar que aquellos a los que se les ha asignado como único papel en esta tierra doblegarse, someterse y callarse, se doblegan, se someten y se callan solamente en la medida precisa en que no pueden hacer otra cosa. ¿Sucederá algo distinto? ¿Asistiremos por fin a una mejora efectiva ?y duradera de las condiciones del trabajo industrial? El futuro lo dirá; pero ese provenir no hay que esperarlo, hay que hacerlo.
lunes, 12 de octubre de 2009
LA ALEGRIA DE TRABAJAR POR UN SALARIO
SIMONE WEIL
Todos los que han sufrido saben que cuando uno cree que va a ser liberado de un sufrimiento demasiado largo y demasiado duro, los últimos días de espera son intolerables. Pero el factor esencial está en otra parte. El público, y los empresarios, y el mismo León Blum, y todos aquellos que son extraños a esta vida de esclavitud, son incapaces de comprender lo que ha sido decisivo en este asunto. En este movimiento se trata de otra cosa que de una u otra reivindicación particular, por importante que sea. Si el gobierno hubiera podido obtener plena y entera satisfacción por simples negociaciones, se estaría menos contento. Después de haberse sometido siempre, de haber sufrido todo, de haber aguantado todo en silencio durante y meses años, se trata de atreverse por fin a levantarse. A ponerse de pie. Tomar la palabra. Sentirse hombres durante algunos días. Independientemente de las reivindicaciones, esta huelga es en sí misma una alegría.
Una alegría pura. Una alegría sin mezcla. Sí, una alegría. He ido a ver a los compañeros a una fábrica en la que trabajé hace unos meses. He pasado algunas horas con ellos. Alegría de entrar en la fábrica con la autorización sonriente de un obrero que vigila la puerta. Alegría de encontrar tantas sonrisas, tantas palabras de fraternal acogida.
¡Cómo se siente uno entre compñaeros en esos talleres en los que, cuando trabajaba allí, cada uno se sentía completamente sólo en su máquina! Alegría de recorrer libremente esos talleres don uno estaba clavado en la máquina, de formar grupos, de conversar, de tomar un bocado. Alegría de escuchar música, cantos y risas, en lugar del estrépito despiadado de las máquinas, símbolo tan patente de la dura necesidad bajo la que uno se doblega. Uno se pasea entre esas máquinas a las que ha dado, durante tantas y tantas horas, lo mejor de su sustancia vital, y ellas se callan, ya no cortan dedos, ya no hacen daño. Alegría de pasar delante de los jefes con la cabeza alta. Se deja por fin de tener necesidad de luchar a cada instante para conservar la dignidad a los propios ojos, contra una tendencia casi invencible a someterse en cuerpo y alma. Alegría de ver a los jefes mostrarse próximos por la fuerza, estrechar manos, renunciar completamente a dar órdenes. Alegría de verles esperar dócilmente su turno para tener el bono de salido que el comité de huelga consiente en concederles.
Alegría de decir lo que se tiene en el corazón a todo el mundo, jefes y camaradas, en esos lugares donde los obreros podían trabajar durante meses uno al lado del otro sin que ninguno de los dos supiera lo que pensaba el vecino. Alegría de vivir, entre esas máquinas mudas, al ritmo de la vida humana -el ritmo que corresponde a la respiración, a los latidos del corazón, a los movimientos naturales del organismo humano- y no a la cadencia impuesta por el cronometrador. Por supuesto, esa vida tan dura volverá a comenzar en unos días. Pero no se piensa en ello, todos están como los soldados de permiso durante la guerra. Y después, llegue lo que llegue después, siempre se habrá tenido eso.
Finalmente, por vez primera, y para siempre, flotarán alrededor de esas pesadas máquinas otros recuerdos que el silencio, la coacción, la sumisión. Recuerdos que pondrán un poco de orgullo en el corazón, que dejarán un poco de calor humano sobre todo ese metal.
Todos los que han sufrido saben que cuando uno cree que va a ser liberado de un sufrimiento demasiado largo y demasiado duro, los últimos días de espera son intolerables. Pero el factor esencial está en otra parte. El público, y los empresarios, y el mismo León Blum, y todos aquellos que son extraños a esta vida de esclavitud, son incapaces de comprender lo que ha sido decisivo en este asunto. En este movimiento se trata de otra cosa que de una u otra reivindicación particular, por importante que sea. Si el gobierno hubiera podido obtener plena y entera satisfacción por simples negociaciones, se estaría menos contento. Después de haberse sometido siempre, de haber sufrido todo, de haber aguantado todo en silencio durante y meses años, se trata de atreverse por fin a levantarse. A ponerse de pie. Tomar la palabra. Sentirse hombres durante algunos días. Independientemente de las reivindicaciones, esta huelga es en sí misma una alegría.
Una alegría pura. Una alegría sin mezcla. Sí, una alegría. He ido a ver a los compañeros a una fábrica en la que trabajé hace unos meses. He pasado algunas horas con ellos. Alegría de entrar en la fábrica con la autorización sonriente de un obrero que vigila la puerta. Alegría de encontrar tantas sonrisas, tantas palabras de fraternal acogida.
¡Cómo se siente uno entre compñaeros en esos talleres en los que, cuando trabajaba allí, cada uno se sentía completamente sólo en su máquina! Alegría de recorrer libremente esos talleres don uno estaba clavado en la máquina, de formar grupos, de conversar, de tomar un bocado. Alegría de escuchar música, cantos y risas, en lugar del estrépito despiadado de las máquinas, símbolo tan patente de la dura necesidad bajo la que uno se doblega. Uno se pasea entre esas máquinas a las que ha dado, durante tantas y tantas horas, lo mejor de su sustancia vital, y ellas se callan, ya no cortan dedos, ya no hacen daño. Alegría de pasar delante de los jefes con la cabeza alta. Se deja por fin de tener necesidad de luchar a cada instante para conservar la dignidad a los propios ojos, contra una tendencia casi invencible a someterse en cuerpo y alma. Alegría de ver a los jefes mostrarse próximos por la fuerza, estrechar manos, renunciar completamente a dar órdenes. Alegría de verles esperar dócilmente su turno para tener el bono de salido que el comité de huelga consiente en concederles.
Alegría de decir lo que se tiene en el corazón a todo el mundo, jefes y camaradas, en esos lugares donde los obreros podían trabajar durante meses uno al lado del otro sin que ninguno de los dos supiera lo que pensaba el vecino. Alegría de vivir, entre esas máquinas mudas, al ritmo de la vida humana -el ritmo que corresponde a la respiración, a los latidos del corazón, a los movimientos naturales del organismo humano- y no a la cadencia impuesta por el cronometrador. Por supuesto, esa vida tan dura volverá a comenzar en unos días. Pero no se piensa en ello, todos están como los soldados de permiso durante la guerra. Y después, llegue lo que llegue después, siempre se habrá tenido eso.
Finalmente, por vez primera, y para siempre, flotarán alrededor de esas pesadas máquinas otros recuerdos que el silencio, la coacción, la sumisión. Recuerdos que pondrán un poco de orgullo en el corazón, que dejarán un poco de calor humano sobre todo ese metal.
LA BENEVOLENCIA DE LOS QUE MANDAN, EN LA SOCIEDAD Y LA FABRICA
¿Qué más? La extraordinaria importancia que adquiere la benevolencia o la hostilidad de los superiores inmediatos, ajustadores, jefe de equipo, encargado, aquellos que dan a su antojo el "bueno" o el "malo" al trabajo, quienes pueden a su voluntad ayudar o reprender en las desgracias. La necesidad perpetua de no desagradar. La necesidad de responder a las palabras brutales sin ningún rasgo de mal humor, e incluso con deferencia, si se trata de un encargado. ¿Qué más? El "mal trabajo". mal cronometrado, sobre el que uno se revienta para no poner dificultades al bueno, porque se arriesgaría a que le echaran una bronca por velocidad insuficiente; el que se equivoca no es nunca el cronometrador. Y si eso se produce con mucha frecuencia, se corre el riesgo de despido. Y aun matándose, no se gana casi nada, justamente porque es un "mal trabajo".
¿Qué más? Pero eso basta. Eso basta para mostrar lo que es una vida semejante, y que si uno se somete a ella, es, como dice Homero sobre los esclavos, "muy a pesar suyo, bajo la presión de una dura necesidad".
Desde el momento que se ha sentido que se debilita la presión, inmediatamente los sufrimientos, las humillaciones, los resentimientos, las amarguras silenciosamente amontonadas durante años, ha constituido una fuerza suficiente para aflojar la opresión. Esa es toda la historia de la huelga. No hay otra.
Burgueses inteligentes creyeron que la huelga había sido provocada por los comunistas para molestar al nuevo gobierno. Yo misma he oído decir a un obrero inteligente que la huelga había sido provocada, sin duda alguna, por los empresarios para molestar a ese mismo gobierno. Esta coincidencia es extraña. Pero no era necesaria ninguna provocación. Uno se doblegaba bajo el yugo. Cuando el yugo se ha aflojado, se ha levantado la cabeza. Y nada más.
¿Cómo es que ha pasado esto? ¡Oh!, muy sencillamente. La unidad sindical no ha constituido un factor decisivo. Por supuesto, es un gran triunfo, pero que representa mucho más en otras corporaciones para los metalúrgicos de la región parisiense entre los que no se contaba, hace un año, más que con algunos miles de sindicados. El factor decisivo, hay que decirlo, es el gobierno del Frente Popular. En primer lugar, se puede por fin -¡por fin!- hacer una huelga sin policía, sin gendarmes. Pero eso vale para todas las corporaciones. Lo que cuenta sobre todo es que las fábricas de mecánica trabajan casi todas para el Estado, y dependen de él para equilibrar su presupuesto. Esto lo sabe cualquier obrero. El obrero, al ver llegar al poder al Partido Socialista, tuvo la sensación de que, ante el patrón, ya no era el más débil. La reacción ha sido inmediata.
EL MIEDO DE LA OBRERA
Simone Weil.
El miedo. Raros son los momentos del día en que el corazón no está algo comprimido por cualquier angustia. Por la mañana, la angustia de la jornada que hay por delante. En los vagones del metro que lleva Billancourt, hacia las 6.30 de la mañana, se ve la mayoría de los rostros contraídos por esta angustia. Si no se va con tiempo, el miedo al reloj de control. En el trabajo, el miedo a no ir bastante rápido para todos aquellos que tienen dificultades en conseguirlo. El miedo de hacer mal las piezas al forzar la cadencia, porque la rapidez produce una especie de embriaguez que anula la atención. El miedo a todos los pequeños accidentes que pueden ocasionar fallos o la rotura de una herramienta. De manera general, miedo a las broncas.
Uno se expondría a muchos sufrimientos sólo por evitar una bronca. La menor reprimenda es una dura humillación, porque uno no se atreve a responder. ¡Y cuántas cosas pueden provocar una reprimenda! Una máquina mal regulada por el ajustador; una herramiento de acero de mala calidad; piezas que no pueden ser bien colocadas; bronca segura. Se va a busca al jefe a través del taller para que le den a uno trabajo, se gana una reprimenda. Si se hubiera esperado en su oficina, también se habría uno arriesgado a una reprimenda. Uno se queja de un trabajo demasiado duro o de un ritmo imposible de seguir, y oye cómo le recuerdan brutalmente que ocupa un lugar que cientos de parados cogerían gustosamente. Para atreverse a quejarse, es perciso no poder ya más. Y ésa es la peor angustia, la angustia de sentir que uno no se agota oque envejece, que pronto ya no podrá más. ¿Pedir un puesto menos duro? Habría entonces que reconocer que ya no se puede ocupar el puesto en que se está. Tiesgo de ser despedido. Hay que apretar los dientes. Aguantar. Como un nadador en el agua. Únicamente con la perspectiva de nadar siempre, hasta la muerte. Ninguna barca por la que poder ser recogido. Si uno se hunde lentamente, si se ahoga, nadie en el mundo se enterará. ¿Qué es uno mismo? Una unidad en los efectivos del trabajo. No cuenta. Apenas existe.
La coacción. No hacer nunca nada, ni siquiera en los detalles, que constituya una iniciativa. Cada gesto es simplemente la ejecución de una orden. En todo caso para los trabajadores especializados en una máquina. En una máquina, para una serie de piezas, hay cinco o seis movimientossimples señalados que se deben repetir a la máxima velocidad. ¿Hasta cuándo? Hasta que reciba la orden de hacer otra cosa. ¿Cuánto durará esta serie de piezas? Hasta que el jefe ordene otra serie. ¿Cuánto tiempo habrá que estar en la máquina? Hasta que el jefe mande ir a otra. En todo momento se está en la situación de poder recibir una orden. Se es una cosa entregada a la voluntad de otro. Como no es natural que un hombre se convierta en cosa, y como no hay coacción tangible, no hay látigo, no hay cadenas, hay que plegarse a esa pasividad. ¡Qué hermoso sería poder dejar el alma en la casilla donde se deja la tarjeta de fichar y cogerla a la salida! Pero no se puede. Se la lleva al taller. Todo el tiempo hay que hacerla callar.
A la salida, a menudo ya no se la tiene, porque se está demasiado cansado. O si todavía se la tiene, qué dolor al llegar la noche, al darse cuenta de lo que se ha sido ocho horas durante ese día, y de lo que será ocho horas el día siguiente, y al otro...
El miedo. Raros son los momentos del día en que el corazón no está algo comprimido por cualquier angustia. Por la mañana, la angustia de la jornada que hay por delante. En los vagones del metro que lleva Billancourt, hacia las 6.30 de la mañana, se ve la mayoría de los rostros contraídos por esta angustia. Si no se va con tiempo, el miedo al reloj de control. En el trabajo, el miedo a no ir bastante rápido para todos aquellos que tienen dificultades en conseguirlo. El miedo de hacer mal las piezas al forzar la cadencia, porque la rapidez produce una especie de embriaguez que anula la atención. El miedo a todos los pequeños accidentes que pueden ocasionar fallos o la rotura de una herramienta. De manera general, miedo a las broncas.
Uno se expondría a muchos sufrimientos sólo por evitar una bronca. La menor reprimenda es una dura humillación, porque uno no se atreve a responder. ¡Y cuántas cosas pueden provocar una reprimenda! Una máquina mal regulada por el ajustador; una herramiento de acero de mala calidad; piezas que no pueden ser bien colocadas; bronca segura. Se va a busca al jefe a través del taller para que le den a uno trabajo, se gana una reprimenda. Si se hubiera esperado en su oficina, también se habría uno arriesgado a una reprimenda. Uno se queja de un trabajo demasiado duro o de un ritmo imposible de seguir, y oye cómo le recuerdan brutalmente que ocupa un lugar que cientos de parados cogerían gustosamente. Para atreverse a quejarse, es perciso no poder ya más. Y ésa es la peor angustia, la angustia de sentir que uno no se agota oque envejece, que pronto ya no podrá más. ¿Pedir un puesto menos duro? Habría entonces que reconocer que ya no se puede ocupar el puesto en que se está. Tiesgo de ser despedido. Hay que apretar los dientes. Aguantar. Como un nadador en el agua. Únicamente con la perspectiva de nadar siempre, hasta la muerte. Ninguna barca por la que poder ser recogido. Si uno se hunde lentamente, si se ahoga, nadie en el mundo se enterará. ¿Qué es uno mismo? Una unidad en los efectivos del trabajo. No cuenta. Apenas existe.
La coacción. No hacer nunca nada, ni siquiera en los detalles, que constituya una iniciativa. Cada gesto es simplemente la ejecución de una orden. En todo caso para los trabajadores especializados en una máquina. En una máquina, para una serie de piezas, hay cinco o seis movimientossimples señalados que se deben repetir a la máxima velocidad. ¿Hasta cuándo? Hasta que reciba la orden de hacer otra cosa. ¿Cuánto durará esta serie de piezas? Hasta que el jefe ordene otra serie. ¿Cuánto tiempo habrá que estar en la máquina? Hasta que el jefe mande ir a otra. En todo momento se está en la situación de poder recibir una orden. Se es una cosa entregada a la voluntad de otro. Como no es natural que un hombre se convierta en cosa, y como no hay coacción tangible, no hay látigo, no hay cadenas, hay que plegarse a esa pasividad. ¡Qué hermoso sería poder dejar el alma en la casilla donde se deja la tarjeta de fichar y cogerla a la salida! Pero no se puede. Se la lleva al taller. Todo el tiempo hay que hacerla callar.
A la salida, a menudo ya no se la tiene, porque se está demasiado cansado. O si todavía se la tiene, qué dolor al llegar la noche, al darse cuenta de lo que se ha sido ocho horas durante ese día, y de lo que será ocho horas el día siguiente, y al otro...
SE ESTA EN EL MUNDO PARA OBEDECER Y CALLAR
Simone Weil
Se está en el mundo para obedecer y callar.
Contar céntimo a céntimo. Durante ocho horas de trabajo, se cuenta céntimo a céntimo. ¿Cuántos céntimos supondrán estas piezas? ¿Qué he ganado en esta hora? ¿Y la hora siguiente? Al salir de la fábrica, se sigue contando céntimo a céntimo. Se tiene tal necesidad de distensión, que todas las tiendas atraen. ¿Puedo tomar un café? Pero eso cuesta cincuenta céntimos. Me tomé uno ayer. Me queda tanto para estos quince días. ¿Y esas cerezas? Cuestan tantos céntimos. Se hace la compra: ¿cuánto cuestan aquí las patatas? Doscientos metros más allá cuestan diez céntimos menos. Hay que imponer esos doscientos metros a un cuerpo que se niego a caminar. Los céntimos se convierten en una obsesión. Debido a ellos, nunca se puede olvidar la coacción de la fábrica. Jamás se descansa. O, si se hace una locura, locura a la escala de unos francos, se pasará hambre. No hay que dejarse atrapar en ese círculo. Lleva al agotamiento, a la enfermedad, a la muerte. Pues cuando no se puede producir con bastante rapidez, no se tiene ya derecho a vivir. ¿No vemos a hombres de cuarenta años rechazados en todas partes, en todas las oficinas de contratación, sean cuales sean sus certificados? A los cuarenta años se le considera a uno incapaz. Desdicha de los incapaces.
La fatiga. La fatiga, abrumadora, amarga, por momentos dolorosa hasta el punto de que se desearía la muerte. Todo el mundo, en todas las situaciones saber lo que es estar fatigado, pero para esta fatiga se necesitaría otro nombre. Hombres vigorosos, en la plenitud de sus fuerzas, se duermen de cansancio en el asiento del metro. No después de un duro golpe, sino después de un día de trabajo normal. Un día como será el siguiente y el siguiente, y así siempre. Al entrar en el vagón de metro, al salir de la fábrica, una angustia ocupa todo el pensamiento: ¿encontraré asiento? Sería demasiado duro tener que estar de pie. Pero muy a menudo hay que estar de pie.
¡Cuidado, que el exceso de cansancio no impida dormir! Al día siguiente habrá que esforzarse todavía un poco más.
Se está en el mundo para obedecer y callar.
Contar céntimo a céntimo. Durante ocho horas de trabajo, se cuenta céntimo a céntimo. ¿Cuántos céntimos supondrán estas piezas? ¿Qué he ganado en esta hora? ¿Y la hora siguiente? Al salir de la fábrica, se sigue contando céntimo a céntimo. Se tiene tal necesidad de distensión, que todas las tiendas atraen. ¿Puedo tomar un café? Pero eso cuesta cincuenta céntimos. Me tomé uno ayer. Me queda tanto para estos quince días. ¿Y esas cerezas? Cuestan tantos céntimos. Se hace la compra: ¿cuánto cuestan aquí las patatas? Doscientos metros más allá cuestan diez céntimos menos. Hay que imponer esos doscientos metros a un cuerpo que se niego a caminar. Los céntimos se convierten en una obsesión. Debido a ellos, nunca se puede olvidar la coacción de la fábrica. Jamás se descansa. O, si se hace una locura, locura a la escala de unos francos, se pasará hambre. No hay que dejarse atrapar en ese círculo. Lleva al agotamiento, a la enfermedad, a la muerte. Pues cuando no se puede producir con bastante rapidez, no se tiene ya derecho a vivir. ¿No vemos a hombres de cuarenta años rechazados en todas partes, en todas las oficinas de contratación, sean cuales sean sus certificados? A los cuarenta años se le considera a uno incapaz. Desdicha de los incapaces.
¡Cuidado, que el exceso de cansancio no impida dormir! Al día siguiente habrá que esforzarse todavía un poco más.
MUJERES EN LA FABRICA: OBEDECER Y CALLAR
Simone Weil
Escenas de la paga. Se desfila como un rebaño, ante la ventanilla, bajo el ojo de los encargados. No se sabe cuanto se recibirá: habría que hacer siempre cálculos tan complicados que nadie los saca, y con frecuencia hay arbitrariedad. Imposible defenderse del sentimiento de que ese poco dinero que se nos da a través de la ventanilla es una limosna.
El hambre. Cuando se ganan 3 francos a la hora, o incluso 4, o incluso algo más, basta una desgracia, una interrupción del trabajo, una herida, para tener que trabajar durante una semana o más pasando hambre. No la subalimentación, que puede darse permanentemente, incluso sin que haya ninguna desgracia por el medio: el hambre. El hambre, unida a un duro trabajo físico, es una sensación punzante. Hay que trabajar tan rápido como de costrumbre, pues sin no tampoco se comerá la semana siguiente. Y para colmo, uno se arriesga a que le echen una bronca por producción insuficiente. Tal vez el despido. No será una excusa decir que se tiene hambre. Se tiene hambre, pero a pesar de todo hay que satisfacer las exigencias de esas personas por quienes se puede, en un isntante, ser condenado a tener más hambre todavía. Cuando no se puede más, hay que esforzarse. Siempre esforzarse. Al salir de la fábrica, volver inmediatamente a casa para evitar la tentación de cenar, y esperar la hora del sueño, que por otra parte se verá turbado porque también por la noche se tiene hambre. Al día siguiente, volver a esforzarse. Todos esos esfuerzos tendrán su contrapartida: algunos billetes, algunas monedas que se recibirán a través de una ventanilla. ¿Pedir más? No se tiene derecho a nada más. Se está allí para obedecer y callar.
¿Qué mas recuerdos? Me vienen muy confusos. Mujeres que esperan ante la puerta de la fábrica. No se puede entrar más que diez minutos antes de la hora, y cuando se vive lejos hay que venir veinte minutos antes para no arriesgarse a un minuto de retraso. Se abre un portillo, pero oficialmente "no está abierto". Llueve a mares. Las mujeres está afuero bajo la lluvia, delante de esta puerta abierta. ¿Qué más natural que resguardarse cuando llueve y la puerta de una casa está abierta? Pero ni se piensa en hacer ese movimiento tan natural ante esta fábrica, porque está prohibido. Ninguna casa extraña es tan extraña como esta casa fábrica donde uno gasta cotidianamente sus fuerzas durante ocho horas.
Escenas de la paga. Se desfila como un rebaño, ante la ventanilla, bajo el ojo de los encargados. No se sabe cuanto se recibirá: habría que hacer siempre cálculos tan complicados que nadie los saca, y con frecuencia hay arbitrariedad. Imposible defenderse del sentimiento de que ese poco dinero que se nos da a través de la ventanilla es una limosna.
El hambre. Cuando se ganan 3 francos a la hora, o incluso 4, o incluso algo más, basta una desgracia, una interrupción del trabajo, una herida, para tener que trabajar durante una semana o más pasando hambre. No la subalimentación, que puede darse permanentemente, incluso sin que haya ninguna desgracia por el medio: el hambre. El hambre, unida a un duro trabajo físico, es una sensación punzante. Hay que trabajar tan rápido como de costrumbre, pues sin no tampoco se comerá la semana siguiente. Y para colmo, uno se arriesga a que le echen una bronca por producción insuficiente. Tal vez el despido. No será una excusa decir que se tiene hambre. Se tiene hambre, pero a pesar de todo hay que satisfacer las exigencias de esas personas por quienes se puede, en un isntante, ser condenado a tener más hambre todavía. Cuando no se puede más, hay que esforzarse. Siempre esforzarse. Al salir de la fábrica, volver inmediatamente a casa para evitar la tentación de cenar, y esperar la hora del sueño, que por otra parte se verá turbado porque también por la noche se tiene hambre. Al día siguiente, volver a esforzarse. Todos esos esfuerzos tendrán su contrapartida: algunos billetes, algunas monedas que se recibirán a través de una ventanilla. ¿Pedir más? No se tiene derecho a nada más. Se está allí para obedecer y callar.
LA HUELGA
Simone Weil
¡Al fin se respira! Es la huelga de los metalúrgicos. El público que ve todo esto desde lejos no lo comprende. ¿Qué es? ¿Un movimiento revolucionario? Sin embargo, todo está tranquilo. ¿Un movimiento reivindicativo? Pero ¿por qué tan profundo, tan general, tan fuerte y tan súbito?
Cuando se tienen ciertas imágenes clavadas en la mente, en el corazón, en la propia carne, se comprende. Se comprende inmediatamente. No tengo más que dejar afluir los recuerdos.
Un taller, algún lugar del suburbio, un día de primavera, durante esos primeros calores tan abrumadores para quienes se esfuerzan. El aire está cargado de olores de pinturas y barnices. Es mi primer día en esta fábrica. El día anterior me pareció acogedora: al final de todo un día recorriendo las calles, presentando certificados inútiles, finalmente esa oficina de contratación tuvo a bien escogerme.
¿Cómo defenderse, en el primer instante, tengo una sensación de agradecimiento? Estoy en una máquina. Contar cincuenta piezas... colocarlas una a una sobre la máquina, de un lado, no del otro... manejar cada vez una palanca... quitar la pieza... poner otra... otra más... contar más... No voy bastante rápido. La fatiga ya se deja sentir. Hay que hacer un esfuerzo, impedir que un instante de respiro separe un movimiento del movimiento siguiente. ¡Más rápido, aún más rápido! ¡Vamos! He puesto una pieza en el lado equivocado. ¿Quién sabe si es la primera? Hay que prestar atención. Esta pieza está bien colocada. Aquella también. ¿Cuántas he hecho en los últimos diez minutos? No voy bastante rápido. Me esfuerzo más. Poco a poco, la monotonía de la tarea me lleva a soñar. Durante unos instantes, pienso en muchas cosas. Despertar brusco: ¿cuántas he hecho? No deben de ser bastantes. No soñar. Esforzarse más. ¡Si al menos supiera cómo hay que hacerlo! Miro a mi alrededor. Nadie levanta nunca la cabeza. Nadie sonríe. Nadie dice una palabra. ¡Qué solo se está! Hago 400 piezas por hora. ¿Será bastante? Con tal de que mantenga esta cadencia, al menos... El timbre de mediodía, por fin. Todo el mundo se precipita al reloj de control de entrada y salida, al vestuario, fuera de la fábrica. Hay que ir a comer. Todavía tengo algo de dinero, afortunadamente. Pero hay que estar atento. ¿Quién sabe si se quedarán conmigo aquí? ¿Si no estaré en paro todavía durante días y días? Hay que ir a unos de esos restaurantes sórdidos que rodean las fábricas. Son caros, por otra parte. Algunos platos parecen muy tentadores, pero hay que escoger otro, más baratos. También comer es un esfuerzo. Esta comida no es un alivio. ¿Qué hora es? Quedan unos momentos para vaguear. Pero sin alejarse demasiado: fichar con un munuto de retraso es trabajar una hora sin salario. El tiempo avanza. Hay que entrar. Ahí está mi máquina; mis piezas. Hay que comenzar de nuevo. Ir rápido... Me siento desfallecer de fatiga y de hastío. ¿Qué hora es? Todavía faltan dos horas para salir. ¿Cómo podré soportarlo? Se acerca el encargado. "¿Cuántas ha hecho? ¿400 a la hora? Hay que hacer 800. Si no, no la cogeré. Si a partir de ahora hace 800, tal vez acepte que se quede". Habla sin elevar la voz. ¿Por qué habría de elevarla cuando con una palabra puede provocar tanta angustia? ¿Qué responder? "Lo intentaré". Esforzarse. Esforzarse un poco más. Vencer a cada segundo esa sensación desagradable, ese hastío que paraliza. Más rápido. Se trata de doblar la cadencia. ¿Cuántas he hecho al cabo de una hora? 600. Más rápido. ¿Cuántas al cabo de esta última hora? 650. El timbre. Fichar, vestirse, salir de la fábrica, el cuerpo vacío de toda energía vital, el espíritu vacío de pensamiento, el corazón sumido en la repugnancia, en rabia muda, y, por encima de todo, un sentimiento de impotencia y sumisión. La única esperanza para el día siguiente es que se me permita pasar otra jornada semejante. En cuanto a los días que vendrán después, están demasiado lejos. La imaginación se niega a recorrer un número tan gran de minutos sombríos.
Al día siguiente, se me permite volver a mi máquina, aunque el día anterior no haya hecho las 800 piezas exigidas. Pero habrá que hacerlas esta mañana. Más rápido. Aquí está el encargado. ¿Qué me dirá? "Pare". Paro. ¿Qué querrá de mí? ¿Despedirme? Espero una orden. En lugar de una orden, llega una seca reprimenda, siempre en el mismo tono imperioso. "Cuando se le diga que se pare, tiene que levantarse para ir a otra máquina. No hay que dormirse aquí". ¿Qué hacer? Me callo. Obedecer inmediatamente. Ir inmediatamente a la máquina que se me designa. Ejecutar dócilmente los gestos que se me indican. Ningún movimiento de impaciencia: todo movimiento de impaciencia se traduce en lentitud o torpeza. La irritación es buena para los que mandan, está prohibida a los que obedecen. Una pieza. Una pieza más. ¿Hago suficientes? Rápido. He hecho mal una pieza. ¡Atención! Voy más despacio. Rápido. Más rápido...
II PARTE:
Distensión completa. No se tiene esa energía ferozmente tensa, esa resolución mezclada con angustia tan a menudo observada durante las huelga. Hay resolución, por supuesto, pero sin angustia. Se está feliz. Se canta, pero no La Internacional, sino la Joven Guardia; se cantan canciones, simplemente, y eso está muy bien. Algunos hacen bromas, de las que se ríe por el placer de oírse reír. No hay mala intención. Por supuesto, se es feliz por hacer sentir a los jefes que ya no son los más fuertes. Les toca a ellos. Eso les hace bien. Pero no se es cruel. Se está demasiado contento. Se está seguro de que los patronos cederán. Se cree que habrá un nuevo golpe duro al cabo de algunos meses, pero se está preparado. Se dice que si ciertos patronos cierran sus fábricas, el Estado las reabrirá. No se pregunta ni por un instante si podrá hacerlas funcionar en las condiciones deseadas. Para todo francés, el Estado es una fuente de riqueza inagotable.
La idea de negociar con los patronos, de lograr compromisos, no se le ocurre a nadie. Se quiere conseguir lo que se pide. Se quiere conseguir porque las cosas que se pide, se desean, pero sobre todo porque después de haber estado tanto tiempo sometidos, para una vez que se levanta la cabeza, no se quiere ceder. Nadie quiere dejarse aplastar, o ser tomado por imbécil. Después de haber ejecutado pasivamente tantas y tantas órdenes, es muy bueno poder por fin darlas por una vez a aquellos de los que se recibían. Pero lo mejor de todo es sentirse hermanos hasta tal punto...
Y las reivindaciones, ¿qué pensar de ellas? En primer lugar, hay que señalar un hecho muy comprensible, pero muy grave. Los obreros hacen la huelga, pero dejan a los militantes el cuidado de estudiar los detalles de las reivindicaciones. El hábito de la pasividad contraído cotidianamente durante años y años no se pierde en unos días, ni siquiera en unos días tan hermosos.
¡Al fin se respira! Es la huelga de los metalúrgicos. El público que ve todo esto desde lejos no lo comprende. ¿Qué es? ¿Un movimiento revolucionario? Sin embargo, todo está tranquilo. ¿Un movimiento reivindicativo? Pero ¿por qué tan profundo, tan general, tan fuerte y tan súbito?
Cuando se tienen ciertas imágenes clavadas en la mente, en el corazón, en la propia carne, se comprende. Se comprende inmediatamente. No tengo más que dejar afluir los recuerdos.
Un taller, algún lugar del suburbio, un día de primavera, durante esos primeros calores tan abrumadores para quienes se esfuerzan. El aire está cargado de olores de pinturas y barnices. Es mi primer día en esta fábrica. El día anterior me pareció acogedora: al final de todo un día recorriendo las calles, presentando certificados inútiles, finalmente esa oficina de contratación tuvo a bien escogerme.
Al día siguiente, se me permite volver a mi máquina, aunque el día anterior no haya hecho las 800 piezas exigidas. Pero habrá que hacerlas esta mañana. Más rápido. Aquí está el encargado. ¿Qué me dirá? "Pare". Paro. ¿Qué querrá de mí? ¿Despedirme? Espero una orden. En lugar de una orden, llega una seca reprimenda, siempre en el mismo tono imperioso. "Cuando se le diga que se pare, tiene que levantarse para ir a otra máquina. No hay que dormirse aquí". ¿Qué hacer? Me callo. Obedecer inmediatamente. Ir inmediatamente a la máquina que se me designa. Ejecutar dócilmente los gestos que se me indican. Ningún movimiento de impaciencia: todo movimiento de impaciencia se traduce en lentitud o torpeza. La irritación es buena para los que mandan, está prohibida a los que obedecen. Una pieza. Una pieza más. ¿Hago suficientes? Rápido. He hecho mal una pieza. ¡Atención! Voy más despacio. Rápido. Más rápido...
II PARTE:
Distensión completa. No se tiene esa energía ferozmente tensa, esa resolución mezclada con angustia tan a menudo observada durante las huelga. Hay resolución, por supuesto, pero sin angustia. Se está feliz. Se canta, pero no La Internacional, sino la Joven Guardia; se cantan canciones, simplemente, y eso está muy bien. Algunos hacen bromas, de las que se ríe por el placer de oírse reír. No hay mala intención. Por supuesto, se es feliz por hacer sentir a los jefes que ya no son los más fuertes. Les toca a ellos. Eso les hace bien. Pero no se es cruel. Se está demasiado contento. Se está seguro de que los patronos cederán. Se cree que habrá un nuevo golpe duro al cabo de algunos meses, pero se está preparado. Se dice que si ciertos patronos cierran sus fábricas, el Estado las reabrirá. No se pregunta ni por un instante si podrá hacerlas funcionar en las condiciones deseadas. Para todo francés, el Estado es una fuente de riqueza inagotable.
La idea de negociar con los patronos, de lograr compromisos, no se le ocurre a nadie. Se quiere conseguir lo que se pide. Se quiere conseguir porque las cosas que se pide, se desean, pero sobre todo porque después de haber estado tanto tiempo sometidos, para una vez que se levanta la cabeza, no se quiere ceder. Nadie quiere dejarse aplastar, o ser tomado por imbécil. Después de haber ejecutado pasivamente tantas y tantas órdenes, es muy bueno poder por fin darlas por una vez a aquellos de los que se recibían. Pero lo mejor de todo es sentirse hermanos hasta tal punto...
Y las reivindaciones, ¿qué pensar de ellas? En primer lugar, hay que señalar un hecho muy comprensible, pero muy grave. Los obreros hacen la huelga, pero dejan a los militantes el cuidado de estudiar los detalles de las reivindicaciones. El hábito de la pasividad contraído cotidianamente durante años y años no se pierde en unos días, ni siquiera en unos días tan hermosos.
MEJOR SUFRIR EN SILENCIO. TRABAJADORAS DE AYER Y HOY
Simone Weil. (1934)
En homenaje a las trabajadoras de la maquila,que un dia seguiran su ejemplo.
Una escena de despido. Se me despide de una fábrica donde he trabajado un mes, sin que nunca se me haya hecho ninguna observación. Y, sin embargo, se contrata personal todos los días. ¿Qué tiene contra mí? No se han dignado a decírmelo. Vuelvo a la hora de la salida. Ahí está el jefe del taller. Le pido muy educadamente una explicación. Recibo como respuesta: "no tengo que rendirle cuentas", e inmediatamente se va. ¿Qué hacer? ¿Un escándalo? Me arriegaría a que no me contrataran en ninguna otra parte. No, mejor marcharse prudentemente, comenzar de nuevo a patear las calles, a estacionarse ante las oficinas de contratación y, a medida que pasan las semanas, sentir crecer, en el hueco del estómago, una sensación que se instala de manera permanente y de la que es imposible decir en qué medida es angustia y en qué medida es hambre.
¿Qué más? Un vestuario de fábrica, en una semana de invierno riguroso. El vestuario no tiene calefacción. Se entra allí, a veces justo después de haber trabajo delante de un horno. Hay un movimiento de retroceso, como ante un baño de agua fría. Pero hay que entrar. Hay que pasar allí diez minutos. Hay que meter en el agua helada las manos llenas de cortes, en carne viva, hay que frotarlas enérgicamente con serrín de madera para quitar un poco el aceite y el polvo negro. Dos veces por día. Por supuesto, se podrían soportar sufrimientos más penosos, ¡pero estos son tan inútiles! ¿Quejarse a la dirección¿ Nadie piensa en ello ni por un momento. "... Pasan completamente de nosotros". Sea verdad o no, ésa es, en todo caso, la impresión que nos dan. Mejor sufrir todo esto en silencio. Es también menos doloroso.
Conversaciones en la fábrica. Un día, una obrera lleva al vestuario a un chiquillo de nueve años. Surgen las bromas. "¿Le llevas a trabajar?". Ella responde: "Ya me gustaría que pudiese trabajar". Tiene dos chiquillos y un marido enfermo a su cargo. Gana de 3 a 4 francos por hora. Anhela el momento en que, al fin, este chiquillo pueda ser encerrado durante una larga jornada en una fábrica y le lleve unas cuantas monedas. Otra, buena camarda y afectuosa, a la que se pregunta por su familia. "¿Tienes hijos?". "No, afortunadamente. Es decir, tenía uno, pero murió". Habla de un marido enfermo que ha tenido durante ocho años a su cargo. "Murió, afortunadamente". Son hermosos, los sentimientos, pero la vida es demasiado dura...
En homenaje a las trabajadoras de la maquila,que un dia seguiran su ejemplo.
Una escena de despido. Se me despide de una fábrica donde he trabajado un mes, sin que nunca se me haya hecho ninguna observación. Y, sin embargo, se contrata personal todos los días. ¿Qué tiene contra mí? No se han dignado a decírmelo. Vuelvo a la hora de la salida. Ahí está el jefe del taller. Le pido muy educadamente una explicación. Recibo como respuesta: "no tengo que rendirle cuentas", e inmediatamente se va. ¿Qué hacer? ¿Un escándalo? Me arriegaría a que no me contrataran en ninguna otra parte. No, mejor marcharse prudentemente, comenzar de nuevo a patear las calles, a estacionarse ante las oficinas de contratación y, a medida que pasan las semanas, sentir crecer, en el hueco del estómago, una sensación que se instala de manera permanente y de la que es imposible decir en qué medida es angustia y en qué medida es hambre.
¿Qué más? Un vestuario de fábrica, en una semana de invierno riguroso. El vestuario no tiene calefacción. Se entra allí, a veces justo después de haber trabajo delante de un horno. Hay un movimiento de retroceso, como ante un baño de agua fría. Pero hay que entrar. Hay que pasar allí diez minutos. Hay que meter en el agua helada las manos llenas de cortes, en carne viva, hay que frotarlas enérgicamente con serrín de madera para quitar un poco el aceite y el polvo negro. Dos veces por día. Por supuesto, se podrían soportar sufrimientos más penosos, ¡pero estos son tan inútiles! ¿Quejarse a la dirección¿ Nadie piensa en ello ni por un momento. "... Pasan completamente de nosotros". Sea verdad o no, ésa es, en todo caso, la impresión que nos dan. Mejor sufrir todo esto en silencio. Es también menos doloroso.
Conversaciones en la fábrica. Un día, una obrera lleva al vestuario a un chiquillo de nueve años. Surgen las bromas. "¿Le llevas a trabajar?". Ella responde: "Ya me gustaría que pudiese trabajar". Tiene dos chiquillos y un marido enfermo a su cargo. Gana de 3 a 4 francos por hora. Anhela el momento en que, al fin, este chiquillo pueda ser encerrado durante una larga jornada en una fábrica y le lleve unas cuantas monedas. Otra, buena camarda y afectuosa, a la que se pregunta por su familia. "¿Tienes hijos?". "No, afortunadamente. Es decir, tenía uno, pero murió". Habla de un marido enfermo que ha tenido durante ocho años a su cargo. "Murió, afortunadamente". Son hermosos, los sentimientos, pero la vida es demasiado dura...
LOS DERECHOS DEL CABALLO Y LOS DERECHOS HUMANOS
Paul Lafargue
La Civilización Capitalista ha gratificado a los trabajadores a sueldo con los metafísicos Derechos del Hombre, pero esto es tan sólo para sujetarlos más cerca y más firmemente a sus tareas económicas. “Libre te hago” dicen los Derechos del Hombre al trabajador, “libre de ganarte miserablemente la vida y transformar a tu empleador en millonario; libre de venderle tu libertad por una puñado de pan. Él te encarcelará diez o doce horas en sus talleres; no te dejará ir hasta que extenuado hasta médula de tus huesos, tan sólo te quede fuerza para engullir un poco de sopa y hundirte en un pesado sueño. Tienes tan sólo un derecho que no has de poder vender, y ese es el derecho a pagar impuestos”.
El Progreso y la Civilización puede que sean duros para la humanidad que trabaja a sueldo pero tienen toda la ternura de una madre para los animales a quienes los estúpidos bípedos denominan “inferiores”. La Civilización a favorecido especialmente a la raza equina: sería una descomunal tarea recorrer la larga lista de beneficios; nombraré tan sólo algunos, de notoriedad general, que pueden despertar e inflamar los deseos pasionales de los trabajadores, ahora aletargados en su miseria.
Los caballos están divididos en distintas clases. La aristocracia equina disfruta de tantos y tan opresivos privilegios, que si las bestias de facciones humanas que les Sirven de jockeys, entrenadores, criados y mozos de establos no estuvieran degradados moralmente hasta el punto de no sentir vergüenza propia, se hubiesen rebelado contra sus amos y señores, a quienes almohazan, acicalan, cepillan y peinan, también hacen sus
camas, limpian sus excrementos y reciben sus mordidas y patadas a modo de agradecimiento.
Los caballos aristocráticos, al igual que los capitalistas, no trabajan; y cuando se ejercitan en los campos miran con desdeño, con desprecio, a los animales humanos que aran y siembran los campos, siegan y rastrillan las praderas, para proveerles de avena, tréboles, forrajes y otras suculentas plantas. Estos cuadrúpedos favoritos de la Civilización ejercen tal influencia social que imponen su voluntad a los capitalistas, sus hermanos en privilegio; obligan a los más excelsos de ellos a venir con sus hermosas
damas a tomar el té en los establos, inhalando los ácidos perfumes de sus sólidas y líquidas evacuaciones. Y cuando estos lores acceden a desfilar en público, exigen quede diez a veinte mil hombres y mujeres se apilen en incómodos asientos, bajo el sol ardiente, para admirar sus exquisitas formas cinceladas y sus proezas en salto y corrida.
No respetan ninguna de las dignidades sociales frente a las cuales los devotos de los Derechos del Hombre se reverencian. En Chantilly hace no mucho tiempo uno de los favoritos para el primer premio le lanzó una patada al rey de Bélgica, porque no le gustó como lucía su cabeza. Su real majestad, que adora a los caballos, murmuró una disculpa y se retiró. 2
Es una fortuna que estos caballos, que pueden contar más auténticos antecesores que las casas de Orleans y Hohenzollenrn, no hayan sido corrompidos por su alto rango social; de haberse empecinado en competir con los capitalistas en pretensiones estéticas, lujo libertino y gustos per-versos, tales como vestir de encaje y diamantes, y beber champaña y Chateau-Margaux, una desgracia más negra y faenas aún más abrumadoras,
habrían caído sobre la clase de trabajadores a sueldo. Tanto mejor para la humanidad proletaria es que esos aristócratas equinos no hayan tomado el fastuoso gusto de alimentarse de carne humana, como los viejos tigres de Bengala que merodeaban alrededor de las aldeas de la India para hacerse de mujeres y niños; si desgraciadamente los caballos hubieran sido comedores de hombres, los capitalistas, que no pueden negarles nada, hubieran construido mataderos para trabajadores a sueldo, donde hubieran trinchado y preparado solomillos de niños, brazos de mujeres y asados de niñas para satisfacer sus gustos antropófagos.
Los caballos proletarios, no tan bien dotados, han de trabajar por su ración de avena, pero la clase capitalista, a pesar de su estima por los aristócratas de la raza equina, concede a los caballos trabajadores derechos que son mucho más sólidos y reales que aquellos inscriptos en los “Derechos del Hombre”. El primer derecho, el derecho a la existencia, que ninguna sociedad civilizada reconocerá para los trabajadores, es poseído por los caballos.
El potrillo, incluso antes de nacer, aún en el estadio de feto, comienza a disfrutar del derecho a la existencia; su madre, cuando su embarazo apenas ha comenzado, es relevada de todo trabajo y enviada al campo para formar este nuevo ser en paz y tranquilidad; ella permanece cerca suyo para criarlo y enseñarle a escoger deliciosos pastos en la pradera, donde juguetea hasta que crece.
Los moralistas y políticos de los “Derechos del Hombre” piensan que sería monstruoso conceder tales derechos a los trabajadores; levanté una tormenta en la Cámara de Diputados cuando solicité que las mujeres, dos meses antes y dos meses después del parto, debieran tener el derecho y los medios para ausentarse de la fábrica.
Mi propuesta trastocó la ética de la civilización y sacudió el orden capitalista. Qué abominable abominación –demandar para los bebes los derechos de los potrillos.En cuanto a los jóvenes proletarios, apenas pueden caminar sobre sus pequeños piececitos son condenados al trabajo duro en las prisiones del capitalismo, mientras los potrillos se desarrollan libremente bajo la noble Naturaleza; se toman los recaudos necesarios para que estén completamente formados antes de ser puestos a trabajar y sus tareas son proporcionales a su fuerza con tierno cuidado.
Este cuidado por parte de los capitalistas los acompaña a lo largo de toda su vida. Podemos recordar aún la noble indignación de la prensa burguesa cuando conoció que las compañías de ómnibus2 estaban utilizando restos de estiércol y curtiduría en las casillas de establo en vez de paja: ¡Pensar a los tristes caballos teniendo tan pobres literas! Las almas más delicadas de la burguesía han organizado en cada país capitalista sociedades de protección a los animales, para probar que no pueden ser agitados por el devenir de las pequeñas víctimas de la industria.
Schopenhauer, el filósofo de la burguesía, en quien se encarnó tan perfectamente el grosso egoísmo de los filisteos, no podía oír el crujir de un látigo sin que su corazón se partiera con el mismo.
La misma compañía de ómnibus, que hace trabajar a sus obreros de catorce a dieciséis horas al día, requiere de sus queridos caballos tan sólo de cinco a siete horas. Les ha proporcionado verdes praderas en las que pueden recuperarse de la fatiga o indisposición. Es política suya la de gastar más en el entrenamiento de un cuadrúpedo que en pagar el salario de un bípedo. Jamás se le ocurrió a ningún legislador ni a ningún abogado fanático de los “Derechos del Hombre” el reducir las raciones diarias del caballo para así asegurarle un retraimiento que le servirá tan sólo después de su muerte.
Los Derechos de los Caballos no fueron notificados; son “derechos no escritos”, del modo en que llamaba Sócrates a las leyes implantadas por la Naturaleza en la conciencia de todos los hombres. El caballo ha demostrado su sabiduría al contentarse a sí mismo con estos derechos, sin pensar en demandar aquellos de los ciudadanos; ha juzgado que sería tan estúpido como el hombre si hubiera sacrificado su plato de lentejas por el metafísico banquete de Derechos a la Revuelta, a la Igualdad, a la Libertad, y otras trivialidades que para el proletariado son tan útiles como un cauterio en una pierna de madera.
La Civilización, aunque parcial respecto de la raza equina, no se ha mostrado indiferente respecto del destino de otros animales. Las ovejas, pasan sus días en una ociosidad placentera y abundante; son alimentados en el establo con cebada, alfalfa, nabos y otras raíces, cultivadas por los trabajadores a sueldo; los pastores las conducen para alimentarse en copiosas pasturas, y cuando el sol abrasa la planicie, son llevadas a dónde pueden pacer sobre los tiernos pastos de las montañas.
La Iglesia, que ha quemado a sus herejes, y lamenta no poder educar nuevamente a sus fieles hijos en el amor al “cordero”, representa a Jesús, bajo la forma de un buen pastor, cargando sobre sus hombros a un fatigado cordero. Cierto, el amor por el cordero padre y la oveja es en última instancia sólo el amor por la pierna de cordero y el costillar, tal como la Libertad de los Derechos del Hombre no es más que la esclavitud del trabajador a sueldo, en tanto nuestra jesuítica Civilización siempre disfraza la explotación capitalista con principios eternos y al egoísmo burgués con nobles sentimientos; aunque al menos la burguesía guarda y ceba la oveja hasta el día del sacrificio, mientras que apresa al trabajador todavía tibio de los talleres y agotado por la labor para enviarlo a los mataderos de Tonquin o Madagascar.
Trabajadores de todos los oficios, ustedes que se afanan tanto para crear su pobreza al producir la riqueza de los capitalistas, ¡levántense, levántense! En tanto los bufones del parlamento despliegan los Derechos del Hombre, demanden en conjunto por ustedes, sus esposas y sus hijos, los Derechos del Caballo.
*El autor se refiere a una compañía de tranvías movidos por caballos. [N. de la Traductora]
La Civilización Capitalista ha gratificado a los trabajadores a sueldo con los metafísicos Derechos del Hombre, pero esto es tan sólo para sujetarlos más cerca y más firmemente a sus tareas económicas. “Libre te hago” dicen los Derechos del Hombre al trabajador, “libre de ganarte miserablemente la vida y transformar a tu empleador en millonario; libre de venderle tu libertad por una puñado de pan. Él te encarcelará diez o doce horas en sus talleres; no te dejará ir hasta que extenuado hasta médula de tus huesos, tan sólo te quede fuerza para engullir un poco de sopa y hundirte en un pesado sueño. Tienes tan sólo un derecho que no has de poder vender, y ese es el derecho a pagar impuestos”.
El Progreso y la Civilización puede que sean duros para la humanidad que trabaja a sueldo pero tienen toda la ternura de una madre para los animales a quienes los estúpidos bípedos denominan “inferiores”. La Civilización a favorecido especialmente a la raza equina: sería una descomunal tarea recorrer la larga lista de beneficios; nombraré tan sólo algunos, de notoriedad general, que pueden despertar e inflamar los deseos pasionales de los trabajadores, ahora aletargados en su miseria.
Los caballos están divididos en distintas clases. La aristocracia equina disfruta de tantos y tan opresivos privilegios, que si las bestias de facciones humanas que les Sirven de jockeys, entrenadores, criados y mozos de establos no estuvieran degradados moralmente hasta el punto de no sentir vergüenza propia, se hubiesen rebelado contra sus amos y señores, a quienes almohazan, acicalan, cepillan y peinan, también hacen sus
camas, limpian sus excrementos y reciben sus mordidas y patadas a modo de agradecimiento.
Los caballos aristocráticos, al igual que los capitalistas, no trabajan; y cuando se ejercitan en los campos miran con desdeño, con desprecio, a los animales humanos que aran y siembran los campos, siegan y rastrillan las praderas, para proveerles de avena, tréboles, forrajes y otras suculentas plantas. Estos cuadrúpedos favoritos de la Civilización ejercen tal influencia social que imponen su voluntad a los capitalistas, sus hermanos en privilegio; obligan a los más excelsos de ellos a venir con sus hermosas
damas a tomar el té en los establos, inhalando los ácidos perfumes de sus sólidas y líquidas evacuaciones. Y cuando estos lores acceden a desfilar en público, exigen quede diez a veinte mil hombres y mujeres se apilen en incómodos asientos, bajo el sol ardiente, para admirar sus exquisitas formas cinceladas y sus proezas en salto y corrida.
No respetan ninguna de las dignidades sociales frente a las cuales los devotos de los Derechos del Hombre se reverencian. En Chantilly hace no mucho tiempo uno de los favoritos para el primer premio le lanzó una patada al rey de Bélgica, porque no le gustó como lucía su cabeza. Su real majestad, que adora a los caballos, murmuró una disculpa y se retiró. 2
Es una fortuna que estos caballos, que pueden contar más auténticos antecesores que las casas de Orleans y Hohenzollenrn, no hayan sido corrompidos por su alto rango social; de haberse empecinado en competir con los capitalistas en pretensiones estéticas, lujo libertino y gustos per-versos, tales como vestir de encaje y diamantes, y beber champaña y Chateau-Margaux, una desgracia más negra y faenas aún más abrumadoras,
habrían caído sobre la clase de trabajadores a sueldo. Tanto mejor para la humanidad proletaria es que esos aristócratas equinos no hayan tomado el fastuoso gusto de alimentarse de carne humana, como los viejos tigres de Bengala que merodeaban alrededor de las aldeas de la India para hacerse de mujeres y niños; si desgraciadamente los caballos hubieran sido comedores de hombres, los capitalistas, que no pueden negarles nada, hubieran construido mataderos para trabajadores a sueldo, donde hubieran trinchado y preparado solomillos de niños, brazos de mujeres y asados de niñas para satisfacer sus gustos antropófagos.
Los caballos proletarios, no tan bien dotados, han de trabajar por su ración de avena, pero la clase capitalista, a pesar de su estima por los aristócratas de la raza equina, concede a los caballos trabajadores derechos que son mucho más sólidos y reales que aquellos inscriptos en los “Derechos del Hombre”. El primer derecho, el derecho a la existencia, que ninguna sociedad civilizada reconocerá para los trabajadores, es poseído por los caballos.
El potrillo, incluso antes de nacer, aún en el estadio de feto, comienza a disfrutar del derecho a la existencia; su madre, cuando su embarazo apenas ha comenzado, es relevada de todo trabajo y enviada al campo para formar este nuevo ser en paz y tranquilidad; ella permanece cerca suyo para criarlo y enseñarle a escoger deliciosos pastos en la pradera, donde juguetea hasta que crece.
Los moralistas y políticos de los “Derechos del Hombre” piensan que sería monstruoso conceder tales derechos a los trabajadores; levanté una tormenta en la Cámara de Diputados cuando solicité que las mujeres, dos meses antes y dos meses después del parto, debieran tener el derecho y los medios para ausentarse de la fábrica.
Mi propuesta trastocó la ética de la civilización y sacudió el orden capitalista. Qué abominable abominación –demandar para los bebes los derechos de los potrillos.En cuanto a los jóvenes proletarios, apenas pueden caminar sobre sus pequeños piececitos son condenados al trabajo duro en las prisiones del capitalismo, mientras los potrillos se desarrollan libremente bajo la noble Naturaleza; se toman los recaudos necesarios para que estén completamente formados antes de ser puestos a trabajar y sus tareas son proporcionales a su fuerza con tierno cuidado.
Este cuidado por parte de los capitalistas los acompaña a lo largo de toda su vida. Podemos recordar aún la noble indignación de la prensa burguesa cuando conoció que las compañías de ómnibus2 estaban utilizando restos de estiércol y curtiduría en las casillas de establo en vez de paja: ¡Pensar a los tristes caballos teniendo tan pobres literas! Las almas más delicadas de la burguesía han organizado en cada país capitalista sociedades de protección a los animales, para probar que no pueden ser agitados por el devenir de las pequeñas víctimas de la industria.
Schopenhauer, el filósofo de la burguesía, en quien se encarnó tan perfectamente el grosso egoísmo de los filisteos, no podía oír el crujir de un látigo sin que su corazón se partiera con el mismo.
La misma compañía de ómnibus, que hace trabajar a sus obreros de catorce a dieciséis horas al día, requiere de sus queridos caballos tan sólo de cinco a siete horas. Les ha proporcionado verdes praderas en las que pueden recuperarse de la fatiga o indisposición. Es política suya la de gastar más en el entrenamiento de un cuadrúpedo que en pagar el salario de un bípedo. Jamás se le ocurrió a ningún legislador ni a ningún abogado fanático de los “Derechos del Hombre” el reducir las raciones diarias del caballo para así asegurarle un retraimiento que le servirá tan sólo después de su muerte.
Los Derechos de los Caballos no fueron notificados; son “derechos no escritos”, del modo en que llamaba Sócrates a las leyes implantadas por la Naturaleza en la conciencia de todos los hombres. El caballo ha demostrado su sabiduría al contentarse a sí mismo con estos derechos, sin pensar en demandar aquellos de los ciudadanos; ha juzgado que sería tan estúpido como el hombre si hubiera sacrificado su plato de lentejas por el metafísico banquete de Derechos a la Revuelta, a la Igualdad, a la Libertad, y otras trivialidades que para el proletariado son tan útiles como un cauterio en una pierna de madera.
La Civilización, aunque parcial respecto de la raza equina, no se ha mostrado indiferente respecto del destino de otros animales. Las ovejas, pasan sus días en una ociosidad placentera y abundante; son alimentados en el establo con cebada, alfalfa, nabos y otras raíces, cultivadas por los trabajadores a sueldo; los pastores las conducen para alimentarse en copiosas pasturas, y cuando el sol abrasa la planicie, son llevadas a dónde pueden pacer sobre los tiernos pastos de las montañas.
La Iglesia, que ha quemado a sus herejes, y lamenta no poder educar nuevamente a sus fieles hijos en el amor al “cordero”, representa a Jesús, bajo la forma de un buen pastor, cargando sobre sus hombros a un fatigado cordero. Cierto, el amor por el cordero padre y la oveja es en última instancia sólo el amor por la pierna de cordero y el costillar, tal como la Libertad de los Derechos del Hombre no es más que la esclavitud del trabajador a sueldo, en tanto nuestra jesuítica Civilización siempre disfraza la explotación capitalista con principios eternos y al egoísmo burgués con nobles sentimientos; aunque al menos la burguesía guarda y ceba la oveja hasta el día del sacrificio, mientras que apresa al trabajador todavía tibio de los talleres y agotado por la labor para enviarlo a los mataderos de Tonquin o Madagascar.
Trabajadores de todos los oficios, ustedes que se afanan tanto para crear su pobreza al producir la riqueza de los capitalistas, ¡levántense, levántense! En tanto los bufones del parlamento despliegan los Derechos del Hombre, demanden en conjunto por ustedes, sus esposas y sus hijos, los Derechos del Caballo.
*El autor se refiere a una compañía de tranvías movidos por caballos. [N. de la Traductora]
Administración : una vision contemporanea
Por Miguel Ángel Mateo Pérez - Universidad de Alicante (España) ma.mateo@ua.es
Los trabajos de Amartya Sen en la conceptualización y desarrollo empírico del Bienestar Social se insertan en la perspectiva dinámica del estudio sobre la pobreza. No podemos olvidar que el Premio Nobel de Economía de 1998 ha sido uno de los más importantes colaboradores con el PNUD para la conceptualización(1) y medición del desarrollo humano(2). Es por ello conveniente desarrollar algunas de las ideas fundamentales del economista hindú para poder enmarcar sus aportaciones en el enfoque dinámico y en el contexto del Desarrollo Humano.
En un magnífico trabajo de síntesis(3), Steven Pressman resume en tres puntos básicos la aportación de Amartya Sen a las ciencias económicas. A saber: la crítica filosófica a la economía del bienestar clásica; las titularidades y las capacidades; y la aplicación de la teoría de las capacidades. Vamos a tomar este trabajo, junto con el ya anteriormente citado de Alfonso Dubois, como esquemas y ejes de la exposición sobre la contribución de Sen a la Economía en general y al estudio sobre la pobreza en particular.
La crítica filosófica a la economía del bienestar clásica
Amartya Sen centra su trabajo en la importancia del desarrollo de las potencialidades humanas. Para el autor, desde la Economía se debe permitir el desarrollo de estas capacidades de las personas incrementando las opciones vitales. Este supuesto de partida está enfrentado con los de la Economía del Bienestar Clásica, atravesada por la lógica de hacer máximo el nivel de bienestar individual.
El centro de esta suposición está en que se piensa que los individuos son capaces de maximizar racionalmente la utilidad. Sen ataca estas suposiciones(4) concluyendo que la Economía ha ignorado sistemáticamente el bienestar de las generaciones futuras (aspecto que más tarde retoma cuando estudia el concepto de desarrollo sostenible) (5) y lo que es más importante, que ésta no ha prestado atención a las cuestiones éticas. Sen señala que en el comportamiento de las personas en el trabajo, por ejemplo, no sólo intervienen criterios de racionalidad económica en el sentido de maximizar beneficios monetarios. En el trabajo, los empleados obtienen otros beneficios más allá del económico.
El trabajo permite tener contactos sociales, desarrollar habilidades, alcanzar un estado de bienestar psicológico o mejorar la auto estima.
Otra de las críticas que Sen realiza a la economía del bienestar clásica se refiere a la suposición de ésta de que las acciones que realizan los sujetos económicos están dirigidas por el dictado racional de maximizar beneficios personales. En este sentido, Sen indica que en la toma de decisiones (económicas también), hay elementos sociales e interpersonales que están al margen de la utilidad racional. Amartya Sen señala que en todo proceso de elección intervienen preferencias que no tienen porqué ir dirigidas exclusivamente a maximizar beneficio personal. Pero el autor va más allá: señala que las preferencias no determinan las acciones humanas. Las personas no valoran el ser analfabetas y entonces deciden no aprender a leer y escribir. Estas cuestiones las desarrollará más tarde en sus teorías sobre las titularidades y capacidades.
Continuando con la crítica a la economía clásica del bienestar, Sen plantea que hay problemas incluso en las unidades de análisis de ésta. El bienestar de los hogares (unidad de análisis de la economía del bienestar clásica) no es solo un agregado del ingreso en dicho hogar, si no que depende de cómo estén repartidos los recursos dentro de éste. Además, muchos de los elementos que producen bienestar no pueden ser comprados en el mercado porque no tienen un valor monetario(6). Y este aspecto es sistemáticamente ignorado.
Finalmente, Sen introduce un elemento clave para poder establecer las bases de una nueva economía del bienestar. Él plantea que las políticas económicas y sociales tienen un efecto directo sobre el bienestar humano(7). Hay políticas económicas que tienen efectos positivos dentro de la lógica de la macroeconomía, pero con efectos muy negativos desde el punto de vista del bienestar.
Titularidades y capacidades
Aunque al principio de sus escritos Amartya Sen adoptara el enfoque de las necesidades básicas humanas (desarrollado previamente por autores como Paul Streeten en la década de los 70), más tarde planteará una revisión de este enfoque. Esta revisión iniciada por Sen en la década de los 80, señala que lo realmente importante del enfoque de las necesidades básicas es el modo que tienen las personas de acceder a los distintos bienes y servicios que satisfacen las necesidades. No es una discusión sobre los satisfactores o sobre la lista de necesidades básicas. Para Sen, una titularidad básica sería la anteriormente citada.
Siguiendo con las titularidades, Amartya Sen distingue entre dos tipos diferentes. En primer lugar señala la existencia de "titularidades de producción" y otro tipo que denominaría "titularidades de cambio".
Las primeras hacen referencia a cómo una persona produce bienes y servicios. Los pequeños productores agrícolas tienen titularidades de producción que consumen directamente o venden en el mercado. Los braceros, por seguir con el ejemplo planteado por el propio Sen (8), por norma general las tienen reducidas a la capacidad de compra que les permite su sueldo. En situaciones de desastres naturales, los meros receptores de sueldos son mucho más vulnerables ya que se produce una falta de ingresos y no pueden adquirir bienes en el mercado. En las mismas condiciones de desastre natural los pequeños productores tienen acceso directo a los alimentos, luego no son tan vulnerables.
Las "titularidades de cambio" hacen referencia al control de otros artículos basado en la habilidad de comerciar con éstos. Las titularidades de cambio expanden el número de artículos que una persona puede tener o consumir. En este sentido, las personas asalariadas que deben cambiar dinero por bienes, están en condiciones de disponer de más artículos que los pequeños productores agrícolas, por ejemplo.
En este contexto, Sen plantea la existencia de factores institucionales, además de los económicos, que afectan directamente a las titularidades. Las tradiciones, las leyes y las diferentes transferencias de bienestar, pueden aumentar o reducir las titularidades. Sin embargo, pronto Sen se dio cuenta de que el enfoque de las titularidades dejaba algunas preguntas sin responder. A esto hay que sumarle las críticas que se vertieron sobre su enfoque, críticas muy similares a las que él realizara sobre los postulados básicos de la economía del bienestar tradicional.
No se especificaban cuáles eran las necesidades básicas, si éstas eran iguales para todo el mundo y en cualquier periodo de tiempo, cómo podemos justificarlas y qué es lo que determina una u otra titularidad.
Ante estas cuestiones, Sen centra sus investigaciones en qué es lo que tiene un valor intrínseco para la vida más que en los bienes que devienen un valor instrumental o beneficio personal. De esta manera, llega al concepto de las "capacidades".
Las "capacidades" comprenden todo aquello que una persona es capaz de hacer o ser. El ser capaz de estar bien nutrido/a, escribir, leer y comunicarse, tomar parte de la vida comunitaria forma parte de estas "capacidades". Sen señala que las necesidades básicas constituyen una parte de las capacidades, pero que éstas se refieren a algo mucho más amplio.
Entonces, y siguiendo esta perspectiva, el bienestar se incrementará cuando las personas son capaces de leer, comer y votar. Estar alfabetizado no es importante por la utilidad que se deriva de ello, sino por el tipo de persona que puedes llegar a ser cuando sabes leer y escribir. Comer tendría valor no porque a las personas le guste la comida, sino porque es necesaria para la vida y la salud. Y las personas votan no por incrementar su beneficio personal, sino porque valoran un determinado sistema político y un determinado tipo de actividad política.
El número de opciones que las personas tienen y la libertad de elección sobre estas opciones también contribuye al bienestar humano. De esta forma, desde el enfoque de las capacidades, se postula que más libertad y más capacidad de elección, tienen un efecto directo sobre el bienestar, incrementándolo(9).
La aplicación del enfoque de las capacidades
El enfoque de las Capacidades ha tenido numerosas aplicaciones que han tenido importantes efectos políticos. Desde una nueva manera de afrontar la medición de la pobreza hasta el trabajo para determinar las causas de las hambrunas, pasando por los estudios sobre el papel de la mujer en el desarrollo económico. Varias han sido las consecuencias de la aplicación del enfoque de las capacidades:
En primer lugar, quizá la consecuencia más importante sea que este enfoque ha conseguido producir cambios profundos en el terreno del desarrollo económico y de la economía del bienestar. En este sentido, el "bienestar humano" consiste en desarrollar las capacidades de las personas". Desde este enfoque, es posible hablar de desarrollo cuando las personas son capaces de hacer más cosas, no cuando éstas son capaces de comprar más bienes o servicios.
En segundo lugar, Sen estableció que las cuestiones de género son parte integral de los procesos de desarrollo. Desmintió que bajos niveles de desarrollo económico afectasen de igual manera a hombres y a mujeres y que las políticas de desarrollo son neutrales en cuanto al género. Así, Sen mostró que en el interior de los hogares, las mujeres y los hombres no tienen el mismo acceso a los cuidados de salud y a la nutrición(10). De esto se desprenden algunas conclusiones a la hora de plantear políticas para el desarrollo que veremos más tarde.
En tercer lugar, Sen estudiará las causas del hambre en el mundo llegando a conclusiones importantes desde el punto de vista de las políticas económicas. Para él (y así lo demuestra empíricamente) el hambre no se produce por una insuficiente producción de alimentos. Las hambrunas pueden ser los resultados de una insuficiente producción, pero ésta es consecuencia de unos pobres o injustos mecanismos de distribución. Así, Sen señala que los problemas de distribución son en mayor medida la causa del hambre, contradiciendo los principios de la teoría económica tradicional.
Una cuarta consecuencia de la aplicación del enfoque de las capacidades hace referencia a cómo medimos la pobreza(11). Sen plantea que el incremento de los ingresos no implica un incremento del bienestar, ya que la mayoría de los hogares no son plenamente cooperativos.
Así, Amartya Sen se convierte en uno de los teóricos (en el plano de la conceptualización, operativización y diseño de metodología) del Desarrollo Humano. En 1990, cuando aparece el primer Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD, Sen es ya consultor de la ONU y trabajará en la construcción del Índice de Desarrollo Humano.
De esta manera, Amartya Sen sienta las bases de un concepto de pobreza dinámico, aunque desde el punto de vista empírico, sea muy complicado llevarlo a la práctica.
NOTAS
[1] ANAND, S. y SEN, A.K. (1997): Concepts of human development and poverty: a multi-dimensional perspective, Nueva York: Human Development Papers
[2] ANAND, S; SEN, A. K. (1994): Human development index: methodology and measurement, Nueva York: Human Development Papers
[3] PRESSMAN, S., (2000): “The economic contributions of Amartya Sen”, Review of Political Economy, 12, 1. pp .89-114
[4] Ver, SEN, A. K. (1971): “Choice functions and revealed preference”, Review of Economic Studies, 38, 115, pp. 304-317; y más tarde SEN, A.K. (1995): Nuevo examen de la desigualdad, Madrid: Alianza.
[5] ANAND, S; SEN, A.K. (1994): Sustainable Human Development, HDRO: Human development Occasional Papers
[6] Ver, SEN, A.K. (1997): Bienestar, justicia y mercado, Barcelona: Paidós.
[7] En este sentido, Sen incluye también el elemento ético a la hora de abordar las cuestiones económicas, ver SEN, A.K. (1984): Sobre ética y economía, Madrid: Alianza.
[8] Ver, SEN, A.K. (1981): Poverty and famines: an essay on entitlement and depression, Oxford: Oxford University Press
[9] SEN, A.K. (2000): Desarrollo y libertad, Barcelona: Planeta.
[10] SEN, A.K. (1993): “The economics of life and death”, Scientific American, 268, 5, pp. 40-47
[11 ] Sen amplía estas cuestiones en su última publicación. Ver SEN, A.K. (2001): El nivel de vida, Madrid: Editorial Complutense
Amartya Sen
Las contribuciones de Amartya Sen al estudio sobre la pobreza Tomado de la página web "Síncronia", Revista electrónica de Estudios Culturales del Departamento de Letras de la Universidad de Guadalajara. Editor: Stephen W. Gilbert
________________________________________
sábado, 10 de octubre de 2009
EMPIRISMO Y PARADIGMAS EN LAS CIENCIAS:
Frank Ulloa Royo
Rudolf Carnap (1891-1970) publicó dos obras en 1928. La primera de ellas, denominada:” La estructura logica del mundo” y un segundo libro denominado “Los Pseudo Problemas de la Filosofia” . En ella desarrolla una propuesta formal del empirismo, definiendo todos los términos científicos en como fenomenos.
El sistema formal del Aufbau -como se llama normalmente a su primera obra- estuvo muy influido por los Principia Mathematica, publicada por Bertrand Russell y Alfred North Whitehead y publicados entre 1910 y 1913.
Carnap fue principalmente conocido durante muchos años por promover el empirismo lógico, también denominado positivismo lógico, que es una corriente de filosofía de la ciencia que surgió durante el primer tercio del siglo XX, alrededor del grupo de científicos y filósofos que formaron el célebre Wiener Kreis o Circulo de Viena. Todos estos autores , hicieron llegar el positivismo a la administración , a las normas juridicas y por consiguiente a las Constituciones Politicas.
En otro texto Carnap se referia a los seudoproblemas de filosofía, y afirmaba que muchas preguntas filosóficas carecen de sentido, esto es, la manera en que eran planteadas suponían un abuso del lenguaje. Una implicación práctica de esa afirmación se ha utilizado para eliminar la metafísica de cualquier discurso humano que se considere responsable o cientifico, limitando asi mucho nuestra libertad de pensar.
Si bien los empiristas lógicos intentaron ofrecer una visión general de la ciencia que abarcaba principalmente sus aspectos gnoseológicos y metodológicos, tal vez su tesis más conocida es la que sostiene que un enunciado es cognitivamente significativo sólo si, o posee un método de verificación empírica o es analítico, tesis conocida como "del significado por verificación".Segun ellos, sólo los enunciados de la ciencia empírica cumplen con el primer requisito,-verificacion- y sólo los enunciados de la lógica y las matemáticas cumplen con el segundo- analitico-. En las universidades aun se exigen los marcos teoricos a nivel de las tesis de licenciatura, en un afan de validacion cientifica de lo que se piensa, y sobre todo de lo que se escribe, que no es lo mismo.
Las posiciones de los empiristas lógicos respecto de algunos temas claves de la filosofía de la ciencia o el origen del sentido de los enunciados, la puesta a prueba de las teorías, el concepto de explicación científica y la unidad de la ciencia, entre otros), se conocen con el nombre colectivo de "concepción heredada". Esta vision tuvvo una amplia influencia en la sociologia, la administracion y el derecho, en las ciencias sociales.
En contrapunto, los enunciados típicamente filosóficos no cumplen con ninguno de los dos requisitos de los empiristas, así que la filosofía, como tal, debe pasar de ser un supuesto cuerpo de proposiciones a constituir un método de análisis lógico de los enunciados de la ciencia. Por otra parte, otro autor clásico, ( Thomas Kuhn, 1922-1996) nos introduce en su obra en la estructura de las revoluciones científicas con el concepto de paradigma, que supone un replanteamiento y crítica de la filosofía de la ciencia desarrollada hasta entonces, para mostrar que no es suficiente para la caracterización de la ciencia la exclusiva atención al contexto de justificación, y nos habla de la imposibilidad de un lenguaje neutro para la observacion de la realidad.
El término paradigma designaba todos los compromisos compartidos por una comunidad de científicos. Los paradigmas son, por tanto, algo más que un conjunto de axiomas. Kuhn acepta el enfoque la interaccion simbólica de los paragigmas sobre actores y sus pensamientos, al igual que sobre sus acciones. Este autor procura esclarecer conceptos, corregir malentendidos y, en suma, demostrar la extraordinaria complejidad del mecanismo del progreso científico, cuando se examina sin ideas preconcebidas.
A continuación reseñaremos en forma de tesis las características que Khun atribuye al progreso de las ciencias. Para el la ciencia es acumulativa y la actividad científica normal, estaria regida por un "paradigma".
La ciencia tendria por objeto ampliar el conocimiento de los hechos que el paradigma delimita como relevantes. Buscaria extender la adecuación entre las predicciones del paradigma y los hechos y en articular cada vez, de mejor manera, el propio paradigma.
El desarrollo de una ciencia asi concebida, consiste en una sucesión de períodos de tradición eslabonados por rupturas no acumulativas. El progreso a través de las revoluciones sólo se da si, ante la competencia de al menos dos paradigmas, uno de ellos obtiene la aceptación de la comunidad científica. El progreso seria una caracteristica exclusiva de la ciencia ya madura. El desarrollo de la ciencia es distinto al de otros campos y sólo tiene lugar cuando la ciencia alcanza la "madurez", a la cual se arriba cuando emergen de la teoría técnicas predictivas exitosas y cada vez mejores. ¿ Existen verdaderos paradigmas en las ciencias sociales contemporaneas?
El progreso humano para èl no es continuo y las revoluciones constituyen auténticas discontinuidades en el desarrollo de las ciencias. No es acercamiento a la verdad, es una rebelion frente a la verdad tenida como paradigma. El avance científico no es una evolución hacia un objetivo determinado sino, a lo sumo, un mejoramiento desde el conocimiento disponible; lo más que puede afirmarse es que cada paradigma nuevo es un instrumento mejor para resolver enigmas o problemas de la ciencia. Hasta ahora el resultado del paradigma de desarrollo capitalista nos ha llevado al fracaso de la organización de las relaciones laborales en ese sistema. Millones de personas de manera ciclica caen en un desempleo que es estructural. ¿ Requerimos de un nuevo paradigma en la admistración de las relaciones laborales? ¿ Debemos cambiar el paradigma o reproponer el modelo como tal?
Kuhn, en la última etapa de su pensamiento abandona casi por completo el discurso acerca de los paradigmas, y restringe el concepto de revolución científica al de un proceso de especiación y especialización por el cual una disciplina científica va acotando los márgenes de su objeto de estudio, alejándose de los horizontes de otras especialidades. ¿Acaso la especie que estudia las relaciones laborales podra reproponerlas, o las ofertas nuevas son solo mas de lo mismo?
En este último sentido, podrá el concepto de inconmensurabilidad,- el único que Kuhn parece haber mantenido hasta el final de sus días- ayudarnos a buscar una alternativa, para que millones de seres humanos encuentren una forma de trabajo digno . como una forma de holismo laboral restringido que afectE las distintas ramas del desarrollo científico y lo reproponga, mas alla de los sistemas de control y limites del derecho laboral, o de las formas de productividad del neo taylorismo. Muchas preguntas estan pendientes. ¿ Podremos nosotros interpretar la realidad social y de la administracion solo con una base empirica, o podremos utilizar menos paradigmas y proponer nuevos objetivos de un mundo diferente?
¿Podremos lograr una vision mas amplia, que suponga la solucion de los problemas de la misma sobrevivencia humana a partir de nuevas formas de organizar el trabajo humano? Hasta ahora la vision positivista y reglamentaria de las relaciones laborales no ha alcanzado. ¿ Podremos tratar resolver las relaciones en torno al trabajo humano, si vamos mas alla de los paradigmas o validaciones existentes? ¿Sera valida una vision holistica de la administracion y del derecho?
Rudolf Carnap (1891-1970) publicó dos obras en 1928. La primera de ellas, denominada:” La estructura logica del mundo” y un segundo libro denominado “Los Pseudo Problemas de la Filosofia” . En ella desarrolla una propuesta formal del empirismo, definiendo todos los términos científicos en como fenomenos.
El sistema formal del Aufbau -como se llama normalmente a su primera obra- estuvo muy influido por los Principia Mathematica, publicada por Bertrand Russell y Alfred North Whitehead y publicados entre 1910 y 1913.
Carnap fue principalmente conocido durante muchos años por promover el empirismo lógico, también denominado positivismo lógico, que es una corriente de filosofía de la ciencia que surgió durante el primer tercio del siglo XX, alrededor del grupo de científicos y filósofos que formaron el célebre Wiener Kreis o Circulo de Viena. Todos estos autores , hicieron llegar el positivismo a la administración , a las normas juridicas y por consiguiente a las Constituciones Politicas.
En otro texto Carnap se referia a los seudoproblemas de filosofía, y afirmaba que muchas preguntas filosóficas carecen de sentido, esto es, la manera en que eran planteadas suponían un abuso del lenguaje. Una implicación práctica de esa afirmación se ha utilizado para eliminar la metafísica de cualquier discurso humano que se considere responsable o cientifico, limitando asi mucho nuestra libertad de pensar.
Si bien los empiristas lógicos intentaron ofrecer una visión general de la ciencia que abarcaba principalmente sus aspectos gnoseológicos y metodológicos, tal vez su tesis más conocida es la que sostiene que un enunciado es cognitivamente significativo sólo si, o posee un método de verificación empírica o es analítico, tesis conocida como "del significado por verificación".Segun ellos, sólo los enunciados de la ciencia empírica cumplen con el primer requisito,-verificacion- y sólo los enunciados de la lógica y las matemáticas cumplen con el segundo- analitico-. En las universidades aun se exigen los marcos teoricos a nivel de las tesis de licenciatura, en un afan de validacion cientifica de lo que se piensa, y sobre todo de lo que se escribe, que no es lo mismo.
Las posiciones de los empiristas lógicos respecto de algunos temas claves de la filosofía de la ciencia o el origen del sentido de los enunciados, la puesta a prueba de las teorías, el concepto de explicación científica y la unidad de la ciencia, entre otros), se conocen con el nombre colectivo de "concepción heredada". Esta vision tuvvo una amplia influencia en la sociologia, la administracion y el derecho, en las ciencias sociales.
En contrapunto, los enunciados típicamente filosóficos no cumplen con ninguno de los dos requisitos de los empiristas, así que la filosofía, como tal, debe pasar de ser un supuesto cuerpo de proposiciones a constituir un método de análisis lógico de los enunciados de la ciencia. Por otra parte, otro autor clásico, ( Thomas Kuhn, 1922-1996) nos introduce en su obra en la estructura de las revoluciones científicas con el concepto de paradigma, que supone un replanteamiento y crítica de la filosofía de la ciencia desarrollada hasta entonces, para mostrar que no es suficiente para la caracterización de la ciencia la exclusiva atención al contexto de justificación, y nos habla de la imposibilidad de un lenguaje neutro para la observacion de la realidad.
El término paradigma designaba todos los compromisos compartidos por una comunidad de científicos. Los paradigmas son, por tanto, algo más que un conjunto de axiomas. Kuhn acepta el enfoque la interaccion simbólica de los paragigmas sobre actores y sus pensamientos, al igual que sobre sus acciones. Este autor procura esclarecer conceptos, corregir malentendidos y, en suma, demostrar la extraordinaria complejidad del mecanismo del progreso científico, cuando se examina sin ideas preconcebidas.
A continuación reseñaremos en forma de tesis las características que Khun atribuye al progreso de las ciencias. Para el la ciencia es acumulativa y la actividad científica normal, estaria regida por un "paradigma".
La ciencia tendria por objeto ampliar el conocimiento de los hechos que el paradigma delimita como relevantes. Buscaria extender la adecuación entre las predicciones del paradigma y los hechos y en articular cada vez, de mejor manera, el propio paradigma.
El desarrollo de una ciencia asi concebida, consiste en una sucesión de períodos de tradición eslabonados por rupturas no acumulativas. El progreso a través de las revoluciones sólo se da si, ante la competencia de al menos dos paradigmas, uno de ellos obtiene la aceptación de la comunidad científica. El progreso seria una caracteristica exclusiva de la ciencia ya madura. El desarrollo de la ciencia es distinto al de otros campos y sólo tiene lugar cuando la ciencia alcanza la "madurez", a la cual se arriba cuando emergen de la teoría técnicas predictivas exitosas y cada vez mejores. ¿ Existen verdaderos paradigmas en las ciencias sociales contemporaneas?
El progreso humano para èl no es continuo y las revoluciones constituyen auténticas discontinuidades en el desarrollo de las ciencias. No es acercamiento a la verdad, es una rebelion frente a la verdad tenida como paradigma. El avance científico no es una evolución hacia un objetivo determinado sino, a lo sumo, un mejoramiento desde el conocimiento disponible; lo más que puede afirmarse es que cada paradigma nuevo es un instrumento mejor para resolver enigmas o problemas de la ciencia. Hasta ahora el resultado del paradigma de desarrollo capitalista nos ha llevado al fracaso de la organización de las relaciones laborales en ese sistema. Millones de personas de manera ciclica caen en un desempleo que es estructural. ¿ Requerimos de un nuevo paradigma en la admistración de las relaciones laborales? ¿ Debemos cambiar el paradigma o reproponer el modelo como tal?
Kuhn, en la última etapa de su pensamiento abandona casi por completo el discurso acerca de los paradigmas, y restringe el concepto de revolución científica al de un proceso de especiación y especialización por el cual una disciplina científica va acotando los márgenes de su objeto de estudio, alejándose de los horizontes de otras especialidades. ¿Acaso la especie que estudia las relaciones laborales podra reproponerlas, o las ofertas nuevas son solo mas de lo mismo?
En este último sentido, podrá el concepto de inconmensurabilidad,- el único que Kuhn parece haber mantenido hasta el final de sus días- ayudarnos a buscar una alternativa, para que millones de seres humanos encuentren una forma de trabajo digno . como una forma de holismo laboral restringido que afectE las distintas ramas del desarrollo científico y lo reproponga, mas alla de los sistemas de control y limites del derecho laboral, o de las formas de productividad del neo taylorismo. Muchas preguntas estan pendientes. ¿ Podremos nosotros interpretar la realidad social y de la administracion solo con una base empirica, o podremos utilizar menos paradigmas y proponer nuevos objetivos de un mundo diferente?
¿Podremos lograr una vision mas amplia, que suponga la solucion de los problemas de la misma sobrevivencia humana a partir de nuevas formas de organizar el trabajo humano? Hasta ahora la vision positivista y reglamentaria de las relaciones laborales no ha alcanzado. ¿ Podremos tratar resolver las relaciones en torno al trabajo humano, si vamos mas alla de los paradigmas o validaciones existentes? ¿Sera valida una vision holistica de la administracion y del derecho?
EL APRENDIZAJE HUMANO
Lino Budiño
Fernando Savater en su libro “El valor de educar” (1) nos conduce a mover los pensamientos y las ideas para buscar reflexiones acerca de la verdadera importancia del hecho educativo, como mecanismo válido de acceso al conocimiento.
Naturalmente, si quienes nos conducen o se presentan a elecciones para conducirnos, no saben nada de política educativa, escasamente han indagado lo que pasa en países más desarrollados y serios, jamás han comparado métodos y sistemas, y en realidad no le otorgan demasiada importancia a la educación, pues entonces, estamos condenados al fracaso en el corto, mediano y largo plazo.
Frente a esta realidad de la sociedad española del siglo pasado, Savater propone convertir a la educación en un tema de moda, para que la sociedad se involucre, y de esa forma “convencer a los políticos que sin una buena oferta educativa, nunca lograrán el apoyo de los votantes”.
No es naturalmente el caso de nuestro país, porque ni siquiera la doctrina política y la ética funcionarial – que están primeras – obtienen algún reconocimiento público. O sea que estamos peor.
Los ministros de educación que supimos conseguir en los últimos 25 años, salvo contadísimas excepciones, cuando han mostrado sus diplomas docentes o acreditado experiencias, nos han metido en problemas gravísimos de deterioro educativo. Reformas copiadas contraculturales, improvisaciones y manoseos reiterados han provocado desequilibrios desde las conducciones institucionales hasta las intervenciones sindicales, pasando por descensos en los principales actores: maestros, padres y alumnos.
Esta materia (Metodología del Acceso al Conocimiento – MAC) no puede pasar por alto este tratamiento, porque estaríamos ignorando el entorno e insistiendo en una teorización que ya nos ha hecho mucho daño.
Así como no se puede aprender computación sin ordenadores, a manejar sin coches o a estudiar música sin partitura, instrumentos y profesores destacados, tampoco podemos abocarnos a la metodología de estudio adecuada a cada personalidad, si no conocemos el medio y si no hablamos con la verdad.
En nuestro planeta – al menos lo que generalmente se conoce de él – los únicos seres vivos que pueden elegir un destino somos lo humanos, ya que los demás vienen predeterminados. En consecuencia si bien nacemos humanos, debemos “recibirnos” mediante una buena relación con el medio circundante, con el objetivo de mejorarlo y Humanizarlo ética y socialmente. En ese orden.
Savater nos dice, que la vida humana consiste en habitar un mundo en el que las cosas no solo son, sino que también significan, ya que no es lo mismo procesar información que comprender significados, y es precisamente lo que haremos en esta materia: aprender a pensar y simultáneamente aprender a pensar sobre lo que se piensa.
No es un juego de palabras, sino el objetivo. De allí la importancia de saber qué es la mente, qué es el cerebro, qué es el pensamiento…. y cómo podemos ver, diferenciar e integrar cada una de las caras del poliedro.
Ser un profesional terciario – que es el tercer nivel de la educación o universitario – exige un cierto grado de compromiso social, que exceda los propios y legítimos intereses personales. Cuando uno estudia y se abre al conocimiento ya ha ingresado en una nueva dimensión humana. La de ser un referente.
Porque el graduado podrá ser médico, licenciado, enfermero o asistente social trabajando en el delicado campo de la salud / enfermedad. No solo es un técnico que resuelve problemas mecánicos, sino una esponja social que absorbe todo tipo de problemas humanos, y como tal se requieren amplios grados de amplitud para poder visualizar.
Para algunos será algo difícil entender este concepto, fundamentalmente por dos razones: ser argentinos, lo que nos lleva a concentrar demasiado las cosas en nosotros mismos, al punto tal que las instituciones están desdibujadas, se vive en un estado de cuasi anomia y sigue imperando el “sálvese quién pueda”. Segundo: separamos trabajo de hogar, vale decir, intentamos dejar en la puerta de salida los problemas laborales, hasta que el conflicto interno, familiar o afectivo nos hace una zancadilla.
Las profesiones humanísticas requieren un fuerte y sólido compromiso solidario porque los asuntos a atender son complejos, en su forma, en su estructura y en su esencia.
Esta materia está orientada a buscar la forma personal – según los dones de cada uno – de entrenarse en la comprensión de significados.
John Passmore (2) enumera los efectos principales que debe lograr una enseñanza verdadera y trascendente: 1) hacer que los cursantes respeten los poderes de su propia mente y que confíen en ellos. Que no tengan una educación memorista ni oportunista; de allí la importancia de privilegiar “el aseo” de la mente antes de entrar a “esa casa” a estudiar.
2) que se amplíe la condición antedicha, a pensar acerca de la condición humana, de la situación conflictiva del hombre y de la vida social. Volver al primer hogar de la niñez y apreciar como una totalidad el conjunto que lo rodea, solo que ahora los padres, abuelos, amigos y vecinos son reemplazados por personas que no son parientes ni amigos, pero que son personas.
3) proporcionar un conjunto de modelos funcionales que faciliten en análisis del mundo social en el cual vivimos y las condiciones en las cuales se encuentra el ser humano. Esto es así porque nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza, y por consiguiente, nadie puede sobrevivir en un ambiente cósmico contaminado. Si nadie interviene, poniendo la ética y la razón – en ese orden – sobre todas las cosas, para lo que nos toca directamente: a) no habrá institucionalidad, ni república ni justicia en nuestras patrias latinoamericanas, y b) en el plano de la globalización – como diría Luther King – si no aprendemos a vivir todos juntos como hermanos, moriremos todos juntos como idiotas.
4) crear un sentido de respeto por las capacidades y la humanidad del hombre como especie. El mundo vive la pandemia del Harbar (3) porque hemos separado al Hombre de todo. Pocos parecen saber que cada persona es una célula pequeñísima de ese gran cuerpo que es el planeta Tierra, y a su vez nuestro globo es un átomo pequeñito de la galaxia, y ésta es una parte mínima del universo. Tener conciencia de esto significa apreciar que solo considerando al Hombre como integrado al Cosmos, como parte indisoluble de él, y de su inexorable funcionamiento asociado, podremos ingresar al Conocimiento.
5) dejar en el estudiante la idea de que la evolución humana es un proceso que no ha terminado. La vida verdadera no comienza con el nacimiento y termina con la muerte, en principio porque el espíritu que amarra nuestro cuerpo es inmortal, y además porque todos formamos parte de un plan evolutivo. En consecuencia, nuestra tarea en la Tierra/personname> y en las Aulas, es refirmar este concepto.
Dr. Lino Marcos Budiño
Profesor de Metodología de Acceso al Conocimiento
(1) Savater, Fernando (op. cit) ARIEL, Barcelona, 1997.
(2) J. Passmore, Filosofía de la enseñanza, México, 1983.
(3) L M Budiño, El harbar y la Educación./personname> Blog/personname> Transdisciplinas. www.linomarcosbudino.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)