SIMONE WEIL
Todos los que han sufrido saben que cuando uno cree que va a ser liberado de un sufrimiento demasiado largo y demasiado duro, los últimos días de espera son intolerables. Pero el factor esencial está en otra parte. El público, y los empresarios, y el mismo León Blum, y todos aquellos que son extraños a esta vida de esclavitud, son incapaces de comprender lo que ha sido decisivo en este asunto. En este movimiento se trata de otra cosa que de una u otra reivindicación particular, por importante que sea. Si el gobierno hubiera podido obtener plena y entera satisfacción por simples negociaciones, se estaría menos contento. Después de haberse sometido siempre, de haber sufrido todo, de haber aguantado todo en silencio durante y meses años, se trata de atreverse por fin a levantarse. A ponerse de pie. Tomar la palabra. Sentirse hombres durante algunos días. Independientemente de las reivindicaciones, esta huelga es en sí misma una alegría.
Una alegría pura. Una alegría sin mezcla. Sí, una alegría. He ido a ver a los compañeros a una fábrica en la que trabajé hace unos meses. He pasado algunas horas con ellos. Alegría de entrar en la fábrica con la autorización sonriente de un obrero que vigila la puerta. Alegría de encontrar tantas sonrisas, tantas palabras de fraternal acogida.
¡Cómo se siente uno entre compñaeros en esos talleres en los que, cuando trabajaba allí, cada uno se sentía completamente sólo en su máquina! Alegría de recorrer libremente esos talleres don uno estaba clavado en la máquina, de formar grupos, de conversar, de tomar un bocado. Alegría de escuchar música, cantos y risas, en lugar del estrépito despiadado de las máquinas, símbolo tan patente de la dura necesidad bajo la que uno se doblega. Uno se pasea entre esas máquinas a las que ha dado, durante tantas y tantas horas, lo mejor de su sustancia vital, y ellas se callan, ya no cortan dedos, ya no hacen daño. Alegría de pasar delante de los jefes con la cabeza alta. Se deja por fin de tener necesidad de luchar a cada instante para conservar la dignidad a los propios ojos, contra una tendencia casi invencible a someterse en cuerpo y alma. Alegría de ver a los jefes mostrarse próximos por la fuerza, estrechar manos, renunciar completamente a dar órdenes. Alegría de verles esperar dócilmente su turno para tener el bono de salido que el comité de huelga consiente en concederles.
Alegría de decir lo que se tiene en el corazón a todo el mundo, jefes y camaradas, en esos lugares donde los obreros podían trabajar durante meses uno al lado del otro sin que ninguno de los dos supiera lo que pensaba el vecino. Alegría de vivir, entre esas máquinas mudas, al ritmo de la vida humana -el ritmo que corresponde a la respiración, a los latidos del corazón, a los movimientos naturales del organismo humano- y no a la cadencia impuesta por el cronometrador. Por supuesto, esa vida tan dura volverá a comenzar en unos días. Pero no se piensa en ello, todos están como los soldados de permiso durante la guerra. Y después, llegue lo que llegue después, siempre se habrá tenido eso.
Finalmente, por vez primera, y para siempre, flotarán alrededor de esas pesadas máquinas otros recuerdos que el silencio, la coacción, la sumisión. Recuerdos que pondrán un poco de orgullo en el corazón, que dejarán un poco de calor humano sobre todo ese metal.
lunes, 12 de octubre de 2009
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