Simone Weil.
El miedo. Raros son los momentos del día en que el corazón no está algo comprimido por cualquier angustia. Por la mañana, la angustia de la jornada que hay por delante. En los vagones del metro que lleva Billancourt, hacia las 6.30 de la mañana, se ve la mayoría de los rostros contraídos por esta angustia. Si no se va con tiempo, el miedo al reloj de control. En el trabajo, el miedo a no ir bastante rápido para todos aquellos que tienen dificultades en conseguirlo. El miedo de hacer mal las piezas al forzar la cadencia, porque la rapidez produce una especie de embriaguez que anula la atención. El miedo a todos los pequeños accidentes que pueden ocasionar fallos o la rotura de una herramienta. De manera general, miedo a las broncas.
Uno se expondría a muchos sufrimientos sólo por evitar una bronca. La menor reprimenda es una dura humillación, porque uno no se atreve a responder. ¡Y cuántas cosas pueden provocar una reprimenda! Una máquina mal regulada por el ajustador; una herramiento de acero de mala calidad; piezas que no pueden ser bien colocadas; bronca segura. Se va a busca al jefe a través del taller para que le den a uno trabajo, se gana una reprimenda. Si se hubiera esperado en su oficina, también se habría uno arriesgado a una reprimenda. Uno se queja de un trabajo demasiado duro o de un ritmo imposible de seguir, y oye cómo le recuerdan brutalmente que ocupa un lugar que cientos de parados cogerían gustosamente. Para atreverse a quejarse, es perciso no poder ya más. Y ésa es la peor angustia, la angustia de sentir que uno no se agota oque envejece, que pronto ya no podrá más. ¿Pedir un puesto menos duro? Habría entonces que reconocer que ya no se puede ocupar el puesto en que se está. Tiesgo de ser despedido. Hay que apretar los dientes. Aguantar. Como un nadador en el agua. Únicamente con la perspectiva de nadar siempre, hasta la muerte. Ninguna barca por la que poder ser recogido. Si uno se hunde lentamente, si se ahoga, nadie en el mundo se enterará. ¿Qué es uno mismo? Una unidad en los efectivos del trabajo. No cuenta. Apenas existe.
La coacción. No hacer nunca nada, ni siquiera en los detalles, que constituya una iniciativa. Cada gesto es simplemente la ejecución de una orden. En todo caso para los trabajadores especializados en una máquina. En una máquina, para una serie de piezas, hay cinco o seis movimientossimples señalados que se deben repetir a la máxima velocidad. ¿Hasta cuándo? Hasta que reciba la orden de hacer otra cosa. ¿Cuánto durará esta serie de piezas? Hasta que el jefe ordene otra serie. ¿Cuánto tiempo habrá que estar en la máquina? Hasta que el jefe mande ir a otra. En todo momento se está en la situación de poder recibir una orden. Se es una cosa entregada a la voluntad de otro. Como no es natural que un hombre se convierta en cosa, y como no hay coacción tangible, no hay látigo, no hay cadenas, hay que plegarse a esa pasividad. ¡Qué hermoso sería poder dejar el alma en la casilla donde se deja la tarjeta de fichar y cogerla a la salida! Pero no se puede. Se la lleva al taller. Todo el tiempo hay que hacerla callar.
A la salida, a menudo ya no se la tiene, porque se está demasiado cansado. O si todavía se la tiene, qué dolor al llegar la noche, al darse cuenta de lo que se ha sido ocho horas durante ese día, y de lo que será ocho horas el día siguiente, y al otro...
lunes, 12 de octubre de 2009
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