¿Qué más? La extraordinaria importancia que adquiere la benevolencia o la hostilidad de los superiores inmediatos, ajustadores, jefe de equipo, encargado, aquellos que dan a su antojo el "bueno" o el "malo" al trabajo, quienes pueden a su voluntad ayudar o reprender en las desgracias. La necesidad perpetua de no desagradar. La necesidad de responder a las palabras brutales sin ningún rasgo de mal humor, e incluso con deferencia, si se trata de un encargado. ¿Qué más? El "mal trabajo". mal cronometrado, sobre el que uno se revienta para no poner dificultades al bueno, porque se arriesgaría a que le echaran una bronca por velocidad insuficiente; el que se equivoca no es nunca el cronometrador. Y si eso se produce con mucha frecuencia, se corre el riesgo de despido. Y aun matándose, no se gana casi nada, justamente porque es un "mal trabajo".
¿Qué más? Pero eso basta. Eso basta para mostrar lo que es una vida semejante, y que si uno se somete a ella, es, como dice Homero sobre los esclavos, "muy a pesar suyo, bajo la presión de una dura necesidad".
Desde el momento que se ha sentido que se debilita la presión, inmediatamente los sufrimientos, las humillaciones, los resentimientos, las amarguras silenciosamente amontonadas durante años, ha constituido una fuerza suficiente para aflojar la opresión. Esa es toda la historia de la huelga. No hay otra.
Burgueses inteligentes creyeron que la huelga había sido provocada por los comunistas para molestar al nuevo gobierno. Yo misma he oído decir a un obrero inteligente que la huelga había sido provocada, sin duda alguna, por los empresarios para molestar a ese mismo gobierno. Esta coincidencia es extraña. Pero no era necesaria ninguna provocación. Uno se doblegaba bajo el yugo. Cuando el yugo se ha aflojado, se ha levantado la cabeza. Y nada más.
¿Cómo es que ha pasado esto? ¡Oh!, muy sencillamente. La unidad sindical no ha constituido un factor decisivo. Por supuesto, es un gran triunfo, pero que representa mucho más en otras corporaciones para los metalúrgicos de la región parisiense entre los que no se contaba, hace un año, más que con algunos miles de sindicados. El factor decisivo, hay que decirlo, es el gobierno del Frente Popular. En primer lugar, se puede por fin -¡por fin!- hacer una huelga sin policía, sin gendarmes. Pero eso vale para todas las corporaciones. Lo que cuenta sobre todo es que las fábricas de mecánica trabajan casi todas para el Estado, y dependen de él para equilibrar su presupuesto. Esto lo sabe cualquier obrero. El obrero, al ver llegar al poder al Partido Socialista, tuvo la sensación de que, ante el patrón, ya no era el más débil. La reacción ha sido inmediata.
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