Simone Weil. (1934)
En homenaje a las trabajadoras de la maquila,que un dia seguiran su ejemplo.
Una escena de despido. Se me despide de una fábrica donde he trabajado un mes, sin que nunca se me haya hecho ninguna observación. Y, sin embargo, se contrata personal todos los días. ¿Qué tiene contra mí? No se han dignado a decírmelo. Vuelvo a la hora de la salida. Ahí está el jefe del taller. Le pido muy educadamente una explicación. Recibo como respuesta: "no tengo que rendirle cuentas", e inmediatamente se va. ¿Qué hacer? ¿Un escándalo? Me arriegaría a que no me contrataran en ninguna otra parte. No, mejor marcharse prudentemente, comenzar de nuevo a patear las calles, a estacionarse ante las oficinas de contratación y, a medida que pasan las semanas, sentir crecer, en el hueco del estómago, una sensación que se instala de manera permanente y de la que es imposible decir en qué medida es angustia y en qué medida es hambre.
¿Qué más? Un vestuario de fábrica, en una semana de invierno riguroso. El vestuario no tiene calefacción. Se entra allí, a veces justo después de haber trabajo delante de un horno. Hay un movimiento de retroceso, como ante un baño de agua fría. Pero hay que entrar. Hay que pasar allí diez minutos. Hay que meter en el agua helada las manos llenas de cortes, en carne viva, hay que frotarlas enérgicamente con serrín de madera para quitar un poco el aceite y el polvo negro. Dos veces por día. Por supuesto, se podrían soportar sufrimientos más penosos, ¡pero estos son tan inútiles! ¿Quejarse a la dirección¿ Nadie piensa en ello ni por un momento. "... Pasan completamente de nosotros". Sea verdad o no, ésa es, en todo caso, la impresión que nos dan. Mejor sufrir todo esto en silencio. Es también menos doloroso.
Conversaciones en la fábrica. Un día, una obrera lleva al vestuario a un chiquillo de nueve años. Surgen las bromas. "¿Le llevas a trabajar?". Ella responde: "Ya me gustaría que pudiese trabajar". Tiene dos chiquillos y un marido enfermo a su cargo. Gana de 3 a 4 francos por hora. Anhela el momento en que, al fin, este chiquillo pueda ser encerrado durante una larga jornada en una fábrica y le lleve unas cuantas monedas. Otra, buena camarda y afectuosa, a la que se pregunta por su familia. "¿Tienes hijos?". "No, afortunadamente. Es decir, tenía uno, pero murió". Habla de un marido enfermo que ha tenido durante ocho años a su cargo. "Murió, afortunadamente". Son hermosos, los sentimientos, pero la vida es demasiado dura...
lunes, 12 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario