EVASION DE LA ESCLAVITUD. LOS BUENOS PATRONOS
Y además, no es en el momento en que uno se ha evadido por unos días de la esclavitud cuando se puede encontrar en uno mismo el valor de estudiar las condiciones de la coacción bajo la que se ha estado doblegado día tras día, bajo la que se seguirá doblegando. No se puede pensar en eso todo el tiempo. Hay límites en las fuerzas humanas. Uno se contenta con gozar, plenamente, sin pensar en nada más, del sentimiento de que por fin se cuenta para algo; que se va a sufrir menos; que se tendrán vacaciones pagadas -ésta, se dice con los ojos brillantes, es una reivindicación que no se arrancará ya del corazón de la clase obrera-, que se tendrán mejores salarios y algo que decir en la fábrica, y que todo esto no se habrá simplemente obtenido, sino impuesto. Por una vez, uno se deja mecer por esos dulces pensamientos; no se consideran más de cerca.
ahora bien, este movimiento plantea graves problemas. El problema central, en mi opinión, es la relación entre los problemas materiales y los problemas morales. Hay que mirar las cosas de frente. ¿Es que los salarios reclamados superan las posibilidades de las empresas en el marco del régimen? Y si es así ¿qué hay que pensar de ello? No se trata simplemente de la metalurgia, ya que con todo derecho el movimiento reivindactivo se ha hecho general. ¿Entonces? ¿Asistiremos a una nacionalización progresiva de la economía bajo el impulso de las reivindicaciones obreras, a una evolución hacia la economía de Esta y el poder totalitario? ¿O a un recrudecimiento del desempleo? ¿O a un retroceso de los obreros, obligados a bajar la cabeza una vez más bajo la coacción de las necesidades económicas? En todos estos casos, este hermoso movimiento tendría un triste final.
Yo percibo, para mí, otra posibilidad. A decir verdad, es delicado hablar de ello públicamente en semejante momento. En pleno movimiento reivindicativo, difícilmente se atreve uno a sugerir que se limiten voluntariamente las reivindicaciones. Mala cosa. Cada cual debe asumir sus responsabilidades. Yo pienso, para mí, que el momento sería favorable, si se lo supiera utilizar, para constituir el primer embrión de un control obrero.
Los patronos no pueden conceder satisfacciones ilimitadas, se entiende; que al menos no sean ya los único jueces de lo que pueden o dicen poder. Que en todas partes donde los patronos invoquen como motivo de resistencia la necesidad de equilibrar el presupuesto, los obreros establezcan una comisión de control de cuentas constituida por algunos de ellos, un representante del sindicato, un técnico miembro de una organización obrera. ¿Por qué, allá donde la distancia entre las reivindicaciones obreras y las ofertas de la patronal es grande, no se aceptaría reducir considerablemente las pretensiones hasta que la situación de la empresa mejorara y bajo la condición de un control sindical permanente? ¿Por quá incluso no prever en el contrato colectivo, para las empresas que estén al borde de la quiebra, una posible derogación de las cláusulas que se refieren a los salarios, bajo la misma condición? Habría entonces al fin y por primera vez, a continuación de un movimiento obrero, una transformación duradera en la relación de fuerzas. Vale la pena que los militantes responsables reflexionen seriamente sobre este punto.
Otro problema, que concierne más particularmente al infierno de la mecánica, debe también considerarse. Es la repercusión de las nuevas condiciones salariales sobre la vida cotidiana del taller. En primer lugar, la desigualdad entre las categorias ¿se mantendrá íntegramente o disminuirá? Sería deplorable mantenerla. Anularla sería un alivio, un progreso prodigioso en cuanto a la mejora de relaciones entre los obreros. Si uno se siente solo en una fábrica, y es normal que uno se sienta allí muy solo, es en gran parte a causa del obstáculo que para las relaciones de compañerismo suponen estas pequeñas desigualdades, grandes por relación a esos escuálidos salarios. Aquel que gana un poco menos envidia al que gana un poco más. El que gana algo más desprecia al que gana algo menos. Es así. No es así para todos, pero es así para muchos. Sin duda, todavía no se puede establecer la igualdad, pero al menos se pueden disminuir considerablemente las diferencias. Hay que hacerlo. Pero esto es lo que me parece más grave: habrá, para cada categoría, un salario mínimo. Pero se mantiene el trabajo a destajo. ¿Qué sucederá entonces en caso de los bons coulés, es decir, en el caso en que el salario calculado en función de las piezas realizadas sea inferior al salario mínimo? El patrón abonará la diferencia, por supuesto. La fatiga, la falta de vivacidad, la mala suerte de que lo que hagas sea considerado "mal trabajo" o de trabajar en una máquina estropeada no serán ya castigada automáticamente mediante una bajada casi ilimitada de salarios. No se verá ya a una obrera ganar doce francos en una jornada porque haya tenido que esperar cuatro o cinco horas a que se termine de arreglar su máquina. Muy bien. Pero es de temer entonces que ese injusto castigo de un salario irrisorio sea sustituido por un castigo más despiadado, el despido. El jefe sabrá a qué obreros ha debido aumentar el salario para observar la cláusula del contrato, sabrá qué obreros han quedado con más frecuencia por debajo del mínimo.
¿Se le podrá impedir que se les ponga en la calle por rendimiento insuficiente? ¿Pueden extenderse hasta ahí los poderes del delegado de taller? Esto me parece casi imposible, sean cuales sean las cláusulas del contrato colectivo. Desde ese momento, es de temer que a la mejora de los salarios corresponda una nueva agravación de las condiciones morales del trabajo, un terror aumentado en la vida cotidiana del taller, una agravación de esta cadencia de trabajo que ya rompe el cuerpo, el corazón y el pensamiento. Una ley implacable, desde hace veinte años, para hacer que todo ayude a la agravación de la cadencia.
Siento terminar con una nota triste. Estos días, los militantes tienen una terrible responsabilidad. Nadie sabe cómo irán las cosas. Son de temer varias catástrofes. Pero ningún temor borra la alegría de ver levantar la cabeza a aquellos que siempre, por definición, la inclinan. No tienen, por más que se suponga desde fuera, esperanzas ilimitadas. Ni siquiera sería exacto hablar en general de esperanza. Saben bien qe a pesar de las mejoras conquistadas, el peso de la opresión social, alejado por un instante, recaerá sobre ellos. Saben que se van a encontrar bajo una dominación dura, seca y sin miramientos. Pero lo que es ilinitado es la felicidad presente. Está al fin afirmados. Al fin han hecho sentir a sus amos que existen. Someterse a la fuerza es duro; dejar creer que uno quiere someterse, es demasiado. Hoy nadie puede ignorar que aquellos a los que se les ha asignado como único papel en esta tierra doblegarse, someterse y callarse, se doblegan, se someten y se callan solamente en la medida precisa en que no pueden hacer otra cosa. ¿Sucederá algo distinto? ¿Asistiremos por fin a una mejora efectiva ?y duradera de las condiciones del trabajo industrial? El futuro lo dirá; pero ese provenir no hay que esperarlo, hay que hacerlo.
lunes, 12 de octubre de 2009
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